Piel de lobo de Lara Moreno, muerte a la familia patriarcal

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Desde que conocimos a Lara Moreno (1978) con sus primeros cuentos, Casi todas las tijeras, publicados por Quórum en 2004, la escritora sevillana ha crecido de manera notable, como muestran los premios que ha recibido, entre ellos el Cosecha Eñe de 2013, sus incursiones en la poesía y su salto a la novela. Tanto en Por si se va la luz (Lumen 2013) como en Piel de Lobo (Lumen, 2016) reflexiona sobre la incomunicación, pero en esta última se centra en la familia y lo que podríamos llamar las “heridas de género” y el silencio que las acompaña.

Sofía acaba de perder a su padre y su marido. Ni es hija de su padre ni esposa de su esposo. Tiene un hijo de 8 años al que tiene que proteger por encima de todo, incluso de su propia incertidumbre, del miedo ante una situación inédita en su vida. Como decía Cristina Rosenvinge en Nada en la nevera, ahora es “una sola”, pero ni sabe cómo serlo ni tiene tiempo para aprenderlo: la maternidad tiene que ser lo primero, a pesar de ella, “de cada órgano de Sofía cuelga una pesa, una de esas redondas y pulidas de acero que sirven para pescar”.

Para minimizar la vida, decide huir con su hijo a la casa de veraneo familiar. A partir de ese momento, el lector se adentra en un juego de espejos, a través de una narración omnisciente muy peculiar, por su posición en el relato. De hecho, gracias a ella, Moreno logra estructurar un universo de símbolos en torno a la clásica dicotomía esencia y apariencia que no se interrumpirá a lo largo de la narración. La casa, el pueblo, el mar, más allá de convertirse en “el lugar al que volver”, funciona como un alter ego  de la familia de Sofía: “no cambió nada, solamente hizo aquel horror con la parcela, echarle cemento (…) para que no hubiera trabajo que hacer, la comodidad por encima de todo”.

Allí, es donde conocemos a Rita, su hermana menor, su reverso: Sofía “pesa más, le cuesta más moverse”, mientras que la menor es “liviana, volaba, se la llevaba el viento”. Rita quiere ayudar a su hermana, pero sin saber aún hasta qué punto esta ha pedido el control: toma pastillas para dormir, las mezcla con alcohol y descuida al pequeño Leo. Ese encuentro sirve a la ¿protagonista? para pensar en su infancia, sobre todo en su relación con su hermana, en lo que la diferencia de ella. Y para ello, la propia Sofía se convierte en la narradora, de forma que la novela intercala la narración en tercera persona y en primera.

No obstante, a pesar de este desdoblamiento, la novela solo tiene un punto de vista: el de Sofía. El narrador no es testigo de la historia, ni es el clásico omnisciente, hay cosas que no sabe, “tienen los ojos cerrados, quizá han entrado a ciegas en la casa”, quizá sean las tripas de Sofía las que hablan. Sin embargo, poco a poco, y este es el mayor acierto de Moreno, el foco de la historia va girando sin que apenas lo percibamos, y la violencia irrumpe. Sofía es la excavadora necesaria para llegar al centro, a la raíz de las personalidades de estas dos mujeres: su género, su familia, sus silencios.

Poco a poco, el cemento se humedece, se ablanda, para descubrir la mancha, la vergüenza, secreto. El abuso sexual dentro de la familia, a pesar de lo que espera la mirada inocente de las niñas “nos protegerán, nos enseñarán la vida“. El arreglo entre las madres. La revictimización de la víctima “ya lo conté una vez y lo que vino fue peor”, la negación del resto “seguimos viviendo, no pasó nada”; La culpa, “debí haberla cogido (…) y no soltarla nunca”; El rencor “tampoco vendrás a dar lecciones de cómo cuidar a un hijo”;  la esperanza, “dejé la puerta abierta, solo tenías que entrar”.

Leo.

Con este material y con la violencia machista como vórtice, construye el relato de una clase media que se cobija en la apariencia hasta el abandono de sí misma, “Sofía casi nunca toca a su hermana, igual que su hermana casi nunca la toca a ella”. Un querer ser que carcome las relaciones y que define aquella institución: una mentira, una enfermedad que solo la honestidad, la sublimación del dolor puede curar, donde los hombres tienen una función esencial, la brutalidad. Es por ello que se convierte en una novela más que relevante en tiempos del “Me too” y en plena 4º ola feminista.

Pero más allá del tema, su estilo, la poética del lenguaje hiere de tal modo que Piel de lobo sobrevivirá al mercantilismo que succionará los mismos, porque es literatura que hiere,  que sangra poesía, brutal o desesperada, “sus pies son ahora de rana o de salamanquesa, una especie de gelatina viscosa se desprende de entre sus dedos” y una literalidad clarividente “barrios periféricos construidos a base de ladrillos huecos, lo coches aparcados en batería, avenidas anchas”.

De este modo, Lara Moreno interpela a los lectores con una firmeza tan pegajosa que, irremediablemente, cuando miremos hacia adentro y hacia afuera, escucharemos sus voces, su advertencia, ‘la nada es una isla: habla’.

La voz de Natalia Litvinova es poesía

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En una entrevista de 2013, Natalia Litvinova afirmó que la vocación de la poesía es “contracturar lo lineal”. La definición es simplemente perfecta. Tan certera como cuando Rosa Chacel en De mar a mar (Comba, 2015) aseguraba que la literatura “aspira a la verdad”. De hecho, me parece que ambas definiciones son sinónimas entre sí. La verdad y el orden son categorías que entran en conflicto con demasiada frecuencia. Sobre todo cuando se trata de dar sentido.

Tras la publicación de su último libro, Cesta de Trenzas (2018), en la Bella Varsovia, si no antes, habréis conocido su historia. Aquello que siempre se destaca de ella cuando se le presenta. Su origen bielorruso, el traslado de toda su familia a Buenos Aires después del “accidente” de Chernóbil. Su ser encarnación de dos tradiciones tan distantes como la eslava y la latinoamericana. Incluso, su asunción de hablar un idioma extraño

“volver en ruso no es lo mismo que en castellano. Volver en los dos idiomas. Doblemente imposible”. Grieta, 2014, Amargord ediciones

Quizá sea ese el origen primigenio de la poética de Natalia Litvinova. Lo imposible. Y por eso, el tiempo y la Historia en su obra arraigan en una suerte de espacio aterrenal, “invoco el amanecer, pero el tiempo se quiebra, y vuelvo donde nunca estuve. Esta casa que deshabito exhala poemas y rompe mis brazos(Grieta).

Otras veces, da la impresión de que su obra es justo lo contrario: la música de la naturaleza peleando por hacerse palabra y, por ello, no podemos definirla, porque el abedul, el caballo, la abeja, el néctar son. Existen, sin nosotros. Sin necesidad de lo humano, no precisan un lenguaje que sea comprensible para nosotros. Están, se mueven, caen, humedecen, resucitan. Las personas solo atestiguamos o, en la mayoría de los casos, los exterminamos. Como el accidente a su “pueblo de esclavos”.

O tal vez, con ese verso reconcentrado pero infinito, intente desatar el silencio de una estirpe que se cristaliza en el silencio de su abuelo. Antiguo prisionero de guerra, dejó de hablar al volver al hogar. Así fue como se convirtió en un misterio de movimientos pequeños. Natalia Litvinova confiesa su fascinación por él. Lo observaba para descubrir, o para descubrirse “a veces uno es el otro, tan otro que es uno(Grieta).

Esa búsqueda en el otro entra en contradicción con uno de los muchos rituales familiares que desvela en Cesto de trenzas. Tapan los espejos para no enfadar a los muertos. Ella los desafía, de frente, consciente de que “los rituales son huellas para que tu bestia te encuentre y te coma”.

Partiendo de ahí, sería fácil llegar a la conclusión de que su talismán es el lenguaje. No en vano aprendió a hablar español en una biblioteca, con los libros de Lorca. Fue así, con los versos lorquianos, cuando comenzó a romper su silencio hispano. Después, llegó la palabra escrita, que no deja de ser una versión del mismo. Llama la atención que fuera precisamente con el poeta granadino, sobre todo cuando leemos la historia del desafío materno a las convenciones del pueblo, tan similar a La Novia de Bodas de Sangre, que tras cumplir con cada rito, decide marcharse, dejarlo todo, para adentrarse cada día en el bosque y encontrarse con su amante a lomos de un caballo negro. Cada día hasta que se acaban los días, porque “la eternidad es corta(Grieta). No queda otra que escribir para detenerla, “por si el ayer no entra en el futuro del poema”.

Por tanto, y a pesar de ese mutismo bilingüe, prevalece una pulsión insólita de contar la resistencia no solo a la catástrofe sino a la certeza de su inminencia. Su familia, su pueblo, permanecen atados a la tierra y a lo etéreo. De hecho, lo último sostiene a lo primero. Rezar, callar, guardar trenzas o escribir para ser, para existir como la naturaleza, como la abuela: cabeza humana y cuerpo de pájaro (Cesto de trenzas). No importa el cauce, lo esencial es la solidez de un linaje maldito. Hoy respiras o cantas un “que los cumplas feliz” y mañana remiendas la última leucemia. Esa certeza recorre las entrañas de una Natalia Litvinova que afirma en Todo lo ajeno, (Vaso roto, 2013)

“escribir es ir hacia la herida para curarla con veneno”, “mi accidente es interno”.

Es entonces cuando se muestra como una Casandra inversa. No recuerda el futuro. De hecho, “mi voz no parece salir de mi voz (…) lluevo huellas de los que me tocan. Soy polvo” (Todo lo ajeno). Esa voz se esmera en la precisión de la palabra firme pero serena, sin gritos: “a los agresores también les duele. No se ruega ni se pide, el dolor se va y esa voz atragantada podría ser tu don”.

Y sí, su don es ser memoria humana y de la tierra. Es ser voz de lo que no existe. Su don es la Poesía. Su voz es la poesía.

La puta y la ballena

El llamado de la especie
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En la fosa del mar
Todas las mujeres libres
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Con las piernas abiertas
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Sin tiempo o con prisa
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Ángeles Mora: la voz de la Poesía de la experiencia también es femenina

Post sobre la poesía de la experiencia y Ángeles Mora, una de las poetas (mujer u hombre) más importante del grupo y de la poesía española contemporánea

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Años 80. El amor por la Moda juvenil llega a todas partes. La búsqueda del placer no tiene límites, como tampoco los tiene su expresión. La diversión como lucha, frente a la grisura de los trajes de domingo y las fiestas de guardar del imperio franquista. La collares colgada en las habitaciones de lxs estudiantes con pollas dibujadas a mano a flor de labio. La estética como ética. El posmodernismo llega Madrid, sobre las cenizas de lxs abogadxs de Atocha. Y de ahí al cielo, a Televisión Española y a las provincias.

Los rojos, su intensidad, su enfado están demodé. Cosas de viejos.

Pero hay una ciudad, muy pequeña, pueblerina, donde los punkies, los flamencos, los estudiantes y los rockeros conviven. Es Granada. Granada putrefacta, sí, pero madre biológica y de acogida de grandes artistas, el refugio de lxs intensxs. Allí, en las aulas y en los bares se encuentra un gran maestro: Juan Carlos Rodríguez, y algunos alumnxs rarxs, muy rarxs, que aún creen en la lucha de clases,-no como fe sino como lugar-, en la poesía como instrumento de construcción de conciencias; en el tabaco, la música y en el whisky.

Querían usar la poesía para hablar con la gente, no a la gente. Estudiaron la tradición, la desmenuzaron y tres de ellos, Luis García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador, firmaron un documento en 1983, el Manifiesto de la Otra sentimentalidad. Los poetas granadinos veían cómo la industrialización y la burguesía había usado “la poesía para reproducirse”.

Partiendo de esta base, el objetivo estaba claro: hablar del yo cotidiano, de lo que le ocurría a la gente normal con un vocabulario propio de ese ámbito, pero tamizado con el lenguaje poético. Los jóvenes se encontraban en la obligación de hacer poesía para la calle, sin renunciar a ninguna de las partes del binomio. Solo así volvería el poema a encontrarse con los lectores. El propósito era ambicioso: participar en el intento de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida

Más tarde, ellos mismos prefirieron nombrarse como poetas de la experiencia, remitiéndose a a obra The poetry of experience, de Robert Langbaum, que apostaba por un concepto más teatral de la creación poética. La obra como espectáculo, donde el sujeto no es un yo que usa el verso para descargar su inquietud íntima, sino que buscaban la creación de un yo distinto, más orientado a lo público que a lo privado. Es aquí donde ingresan en el grupo, -quizá uno de los últimos reales-, autores tan emblemáticos como Benjamín Prado, pero ¿qué pasó con las mujeres? ¿acaso la voz de la experiencia era solo masculina?

No, evidentemente, no. Hay poetas mujeres de la experiencia y muy buenas, tanto como ellos, ¿por qué no son tan conocidas como todos los nombrados hasta ahora aquí? Preguntadle a los machos de la industria editorial y a los medios de comunicación. Yo tengo clara la respuesta.

En cualquier caso, quiero hablaros de una de las más prolijas y más interesantes: Ángeles Mora.

Ángeles Mora: una gran poeta de la experiencia

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Nacida en Rute en 1952, su último libro Ficciones para una autobiografía (Bartleby editores, 2015), nos da una idea de su conexión con la poesía de la experiencia. Solo el título nos remite a esa ficción del yo que nos sirve para identificarnos con un sentimiento o una idea compartidos y para reflexionar sobre los temas que lo construyen. Ese sujeto poético, ese yo, es en puridad, un canal para dialogar con el tiempo, la infancia, la poesía, el capitalismo, los días minúsculos, el género, sin olvidarse de sí misma: “La poesía es una manera de pensar, de aclarar los misterios de mi vida, de la vida“.

Y es en esta afirmación donde está su verdadera originalidad. Ángeles Mora no era como sus compañeros, porque era mujer. Ella, como todas las de su generación, había sido educada para otra cosa, así que después de terminar su carrera como maestra, iniciar su licenciatura en Filología hispánica y tener sus tres hijas encontró en la literatura una herramienta para entender el mundo, pero también de construirse a sí misma. “Cuando escribo, me escriben”.

Ya en 1989 se le concedió el premio Rafael Alberti de Poesía por La Guerra de los treinta años y a este le siguieron muchos más, incluido el Premio Nacional de Poesía en 2016. Sin embargo, a pesar de ser una de las poetas más laureadas, su obra no ha tenido la misma difusión que la de sus compañeros, a pesar de habernos regalado poemas como:

Atravesé aquella ciudad/ buscando un sueño./ En ella viví –extraña–/ y cada cuerpo/ que me crucé en la calle/ era una letra / en mi libro de sombras. (…) Ya sé que estamos solos, / que cada uno/ es un cuaderno/ aparte./ Atravesé aquella ciudad/ queriendo hacerla mía/ –te buscaba–/Tracé en mi corazón/ las rayas de sus calles,/los nombres de sus plazas. Con la caligrafía de un niño/ dibujaba sus árboles, sus fuentes, / en la página blanca, hasta cubrir el vértigo / de los ángulos vacíos de mi diario./ Durante un tiempo, sí,/ atravesé aquella ciudad,/ sin encontrarte, /cruzándome contigo.

Bajo la Alfombra, 2008

Con joyas como esta, hoy es académica electa de la Academia de Buenas Letras de Granada y participa activamente en la vida cultural de la ciudad, dirgiendo proyectos interdisciplinares para impulsar la creación joven.

Como decíamos la voz de la poesía de la experiencia también es femenina, alta, clara y excelente.

Bajo la alfombra, de Ángeles Mora: la mística de la experiencia poética

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Poema-reseña de Bajo la alfombra de Ángeles Mora, poeta andaluza, representante de la Poesía de la Experiencia.

Y al principio fue el poder. Después, la revolución de los esclavos, castigados con los nombres de todas las cosas. Laberinto compartido por la tierra entera: océanos, piedras, bestias, raíces y humanos. Espuma,Arcilla, colmillo, tierra y pregunta defendiéndose del padre vengador, buscándose. Sobreviviéndose. Y así, la mujer escarba hacia dentro armada de preguntas para entrar el refugio del poema. La respuesta que le devuelva su imagen, su yo. El poema, sin poesía, la traduce y la construye.

Las amantes de Jelinek descosen a todas las mujeres

Poema-reseña de Las Amantes, novela de la Premio Nobel Elfriede Jelinek. Dos mujeres se visten de todas las mujeres. Briguitte cose, Paula quiere coser

Poema-reseña de Las Amantes, novela de la Premio Nobel Elfriede Jelinek, publicada en el Aleph Editores. 

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Dos mujeres se visten de todas las mujeres. Briguitte cose, Paula quiere coser. Las dos buscan que un hombre las preñe. Esa es toda su suerte. Buena. Mala. Poseer. Retener. En una Austria, sin nombre, que, entre montañas, las amamanta, para abandonarlas. A su suerte. Que es la de todas las mujeres. Un bebé y un hombre bueno, que bese y traiga dinero. Que agrande la casa para, ojalá, un niño que pueda follar, preñar, siempre al alza. Haga lo que haga, un hombre siempre es un valor. Pero Briguitte y Paula, como todas las mujeres, están penden de la misma percha: saldo, rebaja, ganga, segunda mano, aunque solo el semen del hombre bueno las haya tocado. Dos mujeres descosen a todas las mujeres. Abandonadas. Casadas.

Abandonadascadasdas. 

Entrevista a María Castrejón: “Cuando escribo soy libre y entonces sale todo ‘lo que se esconde’”

Un poemario muy distinto a su obra anterior, en el que le da voz, imagen y color a un trastorno mental: el Trastorno Límite de la Personalidad. Con un verso punzante y sincero

Vuelve María Castrejón tras Niñas, con La inutilidad de los miércoles. Un poemario muy distinto a su obra anterior, en el que le da voz, imagen y color a un trastorno mental: el Trastorno Límite de la Personalidad. Con un verso punzante y sincero, manifiesta su deseo de visibilizar y normalizar este tipo de patología, para acompañar a quienes sobreviven cada día a ella de un modo u otro.
Hoy he vuelto a tener el placer de charlar con ella de trastornos y de poesía.

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Ángel Navarrete

Angelasaragon: Sé que te han preguntado mucho por los “miércoles”, pero no sé si tanto por la inutilidad, ¿qué es “lo inútil”?

María Castrejón: Todo es inútil. Excepto el amor. Pero “Lo inútil” tiene una doble vertiente. Por un lado, la desesperanza de que en las luchas siempre somos el pez pequeño y no podemos hacer más que dar golpes contra el cristal y dejar en él nuestras huellas impotentes de inútiles; pero, por otro, está esa parte de aprender a disfrutar de “Lo inútil”, de dejar de buscar grandes cosas porque la vida está ahí, en pequeñas estupideces que nos hacen reír, en minucias que nos importan. No compremos ese mundo de marca que nos hace infelices y personas frustradas.

Angelasaragon: A veces la frivolidad de los lectores o la mitomanía nos lleva a pensar que si una es capaz de transformar todo ese sufrimiento en arte, merece la pena tenerlo. Te lo habrán dicho millones de veces, pero ¿tú que piensas de eso?

María Castrejón: Sí, me han dicho que en realidad soy una visionaria, que tengo suerte por sentir como siento. Y solo digo que lo único que quiero es teñirme de rubio y hablar de bolsos. Que les cambio un día de mi vida (si se puede llamar así) por la suya. Que hablen cara a cara con la muerte, con el dolor. No, yo no quiero ser poeta. Yo no puedo dejar de serlo.

Angelasaragon: Cuando pensamos en los suicidas, inmediatamente la asociamos con la oscuridad. Sin embargo, tu poemario está lleno de colores, usados de una manera muy interesante además. El verde, el azul, el blanco, un personaje que se llama Iris…¿Cómo nació ese recurso?

María Castrejón:  Cuando se sufre tanto como sufro yo, la muerte se convierte muchas veces en sinónimo de libertad, yo estoy viva porque tengo un hijo, como dejo claro en el primer poema. Cada día para mí comienza una lucha oscura contra el miedo, una dependencia de lxs otrxs. Y es muy duro. Para mí la muerte es una opción, la prefiero al vigilar y castigar de un psiquiátrico, a ver sufrir a lxs míxs. Es volver al lugar de donde salí. Y nadie debería sentir pena por mi muerte pues ya todo habría acabado, querría una fiesta. Aun así, lucho porque sé que el dolor que causaría sería muy grande y porque creo que puedo dar apoyo a otras personas que sufren como yo.

Angelasaragon: Quienes hemos tenido el placer de leerte, sabemos los colores de tu felicidad al sentirte cerca de la muerte, pero ¿cómo imaginas la felicidad de querer estar viva? ¿y la tranquilidad?

María Castrejón: Llevo enferma la toda vida. Y mis momentos de felicidad también son patológicos, extremos, impulsivos y dolorosos. Esos momentos tienen todos los colores porque son de un blanco tan intenso que han llegado a paralizarme. Y la tranquilidad… es mi cabeza en tu pecho (esto es para ti, ya sabes quién eres).

Angelasaragon: El libro está estructurado como un poema interrumpido por otros poemas, o al revés, ¿qué efecto buscabas?

María Castrejón: Más bien entrelazado. Los árboles son un símbolo en mi vida, tanto de felicidad como de horror, y tenían que impregnar la obra con sus ramas. Pero no en los poemas, merecían su propio espacio, un espacio de enganche, de final y de principio ya que para mí son la infancia salvaje y terror de la noche.

Angelasaragon: En el poemario hablas de tu identificación con el mundo, con el dolor ajeno. Nombras desde lo más monumental hasta lo más vulgar. Pensaba mientras leía en todas las obras de arte que se han concebido para despertar conciencias, incluso para lograr esa misma identificación, así que de repente pensé “si todos tuviéramos ese síntoma, si esa idea estuviera tan radicalmente arraigada en ‘los sanos’, no tendríamos una enfermedad tan enferma”, ¿no?

María Castrejón: Creo que se puede ir en busca de un mundo mejor sin padecer ninguna patología. En mi caso, el sufrimiento es extremo y no creo que esto ayude a nadie. Es muy positivo ser conscientes de la realidad del mundo y de las personas que sufren, pero no de la manera tan intensa como lo hago yo. Yo me siento incapacitada para habitar esta sociedad enferma y a veces esto me impide luchar porque me quedo sin fuerzas. Mi historia es la de resurgir cada día de mis cenizas.

Angelasaragon: También reflexionas sobre los hospitales. Para los acompañantes o los cuidadores, el hospital es un espacio de seguridad. Si ocurre algo, el personal médico está ahí, justo al lado, con sus máquinas y sus monitores, pero ¿crees que son un lugar acogedor para los pacientes de salud mental? No sé si me explico…

María Castrejón: Yo nunca he querido internarme aunque me lo han dicho mil veces. Solo he estado en hospitales de día. No tengo mucha fe en la comunidad médica especializada en psiquiatría. Creo que se trata a las personas como a niñxs, se les roba la identidad, la independencia y el individualismo. Para mí los psiquiátricos son cárceles que consiguen que te hundas más profundamente en el trastorno teniéndolo todo el día presente y negándote la libertad de comunicación, de movimiento…. Sin duda, aumenta el estigma. Yo no quiero dejar de ser persona para ser solo paciente controlada continuamente. Necesito el calor de lxs míxs. Si me roban eso, me lo quitan todo.

Angelasaragon: Cuando leí “seré libre del miedo a todo lo que se esconde”, me pregunté ¿hay algo que lata que no se esconda? ¿existiría el arte sin el miedo y sus refugios?

María Castrejón: Todxs tenemos nuestra parte reptiliana, la de los instintos básicos y uno de ellos es el miedo pues este es un mecanismo de supervivencia. Nos escondemos de cosas y personas que puedan hacernos daño. Yo llego a paralizarme de miedo como un venado que se hace el muerto para no ser cazado. Y, sobre los refugios, podría hacerse una tesis doctoral. Creo que nos han vendido refugios que no son seguros, al igual que nos han creado miedos Mi refugio es un rincón  de cojines del que apenas me muevo, la gente que amo y la poesía en la que aúllo. Cuando escribo desaparece el miedo pues  lo hago de una manera honesta, sin refugios en los poemas. Cuando escribo soy libre y entonces sale todo “lo que se esconde”.

Y hablando de miedo y arte, ¿cómo se afronta el proceso creativo de una obra que tiene como centro el estigma? Yo no siento ningún estigma, creo que ocurre igual que con el poder que no se tiene si no te lo dan. No me da ningún miedo decir que padezco un trastorno, ni utilizar su lenguaje simbólico. Suficientes miedos me provoca ya este como para callarme, al revés. Creo que al sacarlo de su escondrijo, al hablarle en su idioma, nos miramos cara a cara y así nos sobrellevamos mejor.

A: : Una autora cuerda a la que admires,

M.C: Si con cuerda te refieres a no diagnosticada de un trastorno mental (sobre esto abriría debate), Sharon Olds.

A: Una escritora loca… (Abriría el debate sobre la locura de nuevo)

M. C: ¿Solo una? Diré Pizarnik porque fue la primera que me acompañó en los infiernos. Y porque post mortem se le diagnosticó TLP como a mí. Siempre me he sentido muy identificada con ella.

A: Un poema para siempre

M.C. Para siempre porque está tatuado en mi espalda. Un fragmento de “El arte de perder” de Elizabeth Bishop del que quiero aprender.

No es difícil dominar el arte de perder

tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas