I’m not looking for a job

erizo 2My name is Paloma, I’m ten years old, I live in Paris in a rich people’s apartment: my parents are rich, my family is rich, my sister and I are virtually rich. But, despite this, in spite of so much wealth,  I know a long time ago that the final destiny is the fish tank, a world where adults crash like flies against the same  piece of glass. The hedgehog, by Mona Achache

 I’m not looking for a job, I’m looking for a place in the world. A decent one that contributes to dignify someone else. Life is not worth itself, it’s just time coming by. Life is not worth unless we focus on something much bigger than us, on something that transcends us. Some of us understood this really soon, sometimes because of a positive experience, other, the most, because of a bitter and lonely and desolate one that makes you looking at the world in a different way. And there, with this strange gaze, you realize that only through your integration in the construction of other people’s lives you will be able to make life to mean something, in another way you would stop being involved in the chain of emotional and intellectual experiences that lead to processes of transformation. Transformation. Process. History.

I’m not looking for a job, I’m looking for a place in the world’s processes of transformation. I don’t want to be static or less I don’t want to contribute to the stillness. I don’t want shores or hamburgers without epicentre, without vortex. I don’t want to resign myself to boasting because of the books I had read in front of my friends’ children, I want to be an active part of their readings. I don’t want to tell my nephew and niece that  someday, in my college times, I was contemporary and creative, I want to create with them, I want to invite them to cross their barriers, their own edges, the limit of their era. I don’t want to transfer my fears, I want to be a mirror for those who search for taking risks.

I’m not looking for a job, I’m looking for a place where I can risk myself in favour of everyone, and that is the art, the poetry, the knowledge. Perhaps I haven’t got enough talent for being an artist –we’ll see-, but I’m sure that I do have talent for taking part, giving, gazing at every detail, encouraging, motivating, delighting, improving, understanding, identifying beauty, marginalizing what is important from what is not, looking after who and what I care about, for joy.

So I’m not looking for a job, I’m looking for my place. If nobody helps me, I’ll make it by myself, I started a long time ago, I only need to keep on.

No busco trabajo

ImageMe llamo Paloma, tengo 11 años, vivo en París en un piso de ricos: mis padres son ricos, mi familia es rica, mi hermana y yo somos virtualmente ricas. Pero a pesar de eso, a pesar de tanta suerte y tanta riqueza, hace mucho tiempo que sé que el destino final es la pecera, un mundo donde los adultos chocan como moscas contra el mismo vidrio. El erizo, de Mona Achache 

 

No  busco un trabajo, busco un lugar en el mundo. Un lugar digno y que contribuya a la dignidad de los demás. La vida en sí misma vale poco, sólo es tiempo consumido. La vida no vale nada si no la dedicamos a algo mucho más grande que nosotros, a algo que nos trascienda. Esto lo hemos aprendido algunos y algunas desde muy temprano, a veces tras una experiencia positiva, otras, las más, tras alguna vivencia amarga y solitaria que te hace mirar el mundo de forma distinta al resto. Y ahí, con esa mirada extraña y te das cuenta de que sólo la integración  en la construcción de la vida de los demás hace que la existencia del ser humano tenga sentido, de otra forma dejarías de entrar en la cadena de experiencias emocionales e intelectuales que dan lugar a los procesos de transformación. Transformación. Proceso de. Historia.

No busco trabajo, busco un lugar en los procesos de transformación del mundo. No quiero permanecer estática, ni mucho menos contribuir a la quietud. No quiero orillas de playa y bocadillos de tortilla sin vorágine, sin epicentro. No quiero conformarme con lo que sé y con presumir de los libros que he leído con los hijos y las hijas de mis amistades, quiero ser parte activa de sus lecturas, ser cauce esencial de sus búsquedas. No quiero contar a mis sobrinos que algún día, en mis tiempos de facultad, fui contemporánea y creativa, quiero crear con ellos y con su gente, quiero invitarles a que crucen las fronteras de su tiempo. No quiero trasladar los miedos de la perra vieja que fingiré ser a los jóvenes que me expongan sus dudas en una tarde de sopor como ésta, no, quiero ser el espejo de los que buscan riesgo.

No busco trabajo, busco un lugar donde arriesgarme para todos y eso es el arte, la literatura (conste que no entiendo por qué se separan), el conocimiento. Quizá no tenga el talento necesario para ser yo artista, ni yo literata –todo está por verse-, pero para lo que sí tengo talento es para formar parte, para participar, para aportar, para detenerme en el detalle,  para mejorar, para incentivar, para entusiasmarme y entusiasmar, para motivar, para entretener, para identificar la belleza, para seleccionar lo que importa de lo que no, para cuidar lo y a los que me importan, para la alegría.

Así que no busco trabajo, busco un lugar. Si no me ayudan, lo fabricaré yo misma, hace mucho que empecé.

Estos días azules

      Antonio Machado salió con su madre de España hacia el exilio. Los dos, madre e hijo, eran mayores y cargaban un millón de cadáveres , que diría tiempo de después Dámaso Alonso. Los dos emprendieron un viaje involuntario, obligado, desde España hasta Francia. Si las razones del viaje eran nefastas, igual de pésimas eran sus condiciones, las condiciones del expulsado, del non grato. No podía formar parte de la nueva España, esa en cuyo progreso tanto se había empeñado, a pesar de aquella monotonía de lluvia tras los cristales. Lo echaban por intentar ser bueno, tal y como escribían cientos de presos y de presas en su última carta.

       Antonio Machado no tiene una última carta, pero sí se esforzó -o no, simplemente le salió así- en un verso: “estos días azules y este sol de la infancia”. Estaba en Colliure, tras las fronteras de España y escribió eso, “estos días azules y este sol de la infacia”. No sabemos cómo seguiría pero parece libre de odio y de rabia, con melancolía…sí, pero libre de inquina y de rencor. A Machado la Guerra no lo derrotó, lo derrotó la pérdida de su amor y de su España, el cansancio, puede ser que la distancia… pero la guerra no corrompió su alma y pudo escribir ese sosegado verso “estos días azules y este sol de la infancia”, creando una imagen de paz, de hogar, cálida y generosa.

Una tarde a la orilla del mar, con la cara hacia el cielo, sola, quizá con algunos niños jugando al lado, y yo mirando a las nubes. Eso es lo que pienso cuando recuerdo el último pensamiento que Antonio Machado consideró digno de ser escrito. Y también pienso que si fueran los últimos días de mi vida y me supiera expulsada de mi propia patria no sería tan benévola con la vida, a mí sí me habría derrotado. Estoy segura que mi última idea habría sido más “en estos días de sangre y este sol que me abrasa…”