La Unión Europea a punto de convertirse en un grupo terrorista

“Un  hombre grita con desesperación: «Son solo civiles. No han hecho nada malo, ¿Cuál es el motivo para matarlos así? ¿Cuál?». En el exterior del colegio aguardan cinco camiones y más de tres centenares de personas. Los gritos reverberan en el patio central de la escuela […]  La excavadora cubre poco a poco los cuerpos con su pala. Un día más en Alepo”.  Antonio Pampliega describe la cotidianidad de los días en Siria en su artículo La orilla más oscura del Alepo.

Imagínate que tu casa ha quedado reducida a un esqueleto de cemento, descarnada: ha desaparecido la foto de tus padres, la que tenías sobre la mesita de noche, que tampoco está ya, ni la hervidora de agua, ni la alfombra con la que rezabas, no queda nada, ni tu marido, ni tu hija mayor, ni tu hermana, ni tu hermano. Nada. La guerra se lo ha llevado todo. Pero tú resistes. No quieres renunciar a tu país, y sales a la calle, con los dos hijxs que te quedan, tus mellizos, una chica de diez años huérfana y sin sueños, y un chico que ha sufrido las mismas pérdidas que la primera. Lxs dos han ganado algo: un creciente odio que empieza a preocuparte.

Imagínate que los guardianes de la moral se acercan y te advierten de que tu hija no está lo suficiente tapada, lo dicen con una sonrisa en la boca y un kalashnikov en la mano. Esa sonrisa te produce un pánico aún mayor que la automática, miras hacia abajo, corriendo, para solventar tu error y descubres horrorizada que es tu hija la que con vergüenza y sumisión se tapa corriendo, mientras tu hijo fija la mirada en el arma, como si quisiera fundirse con ella. Piensas que si fuera lo suficientemente fuerte, él mismo, tu propio hijo, podría abofetearte por cometer semejante tropelía. No debería mandarlxs, a la escuela, piensas, acusándote de vuestra ingenuidad, la tuya y la de tu marido, cuando pensaste que los hermanos musulmanes iban a traer la paz, después de aquella primavera maldita, después de todos los años previos y posteriores a esa primavera.

Imagínate que los pocos que quedan del Ejército Sirio Libre, de los defensores de la democracia, pasan a vuestro lado sin darse cuenta de la presencia de los guardianes de la moralidad. Ellos sí los ven, rápidamente, los disparan, se disparan, y una bala se escapa para atravesar el cráneo de tu hijo. Sus sesos se expanden en tus ropas, su sangre te nubla la vista, se te ha metido una gota de sangre de tu hijo en el ojo. El tiroteo no para y tú te concentras en la sangre del ojo para no escuchar los tiros, ni la presión de tu hija sobre tus rodillas, ni sus gritos, ni vuestra desprotección. El tiroteo continúa, los guardianes de la moral pisotean el cadáver de tu hijo para acercarse al enemigo, en el fondo quieren cogerlos vivos para torturarlos y colgar la humillación en internet.

Silencio repentino. Todo ha terminado. Los han atrapado. Se suben en el jeep y comienzan a gritar con las armas en alto. Abres los ojos, y ves a tu niño de diez años, semidesnudo ya, comido en polvo y con huellas de barro en el rostro. No tienes fuerza para recogerlo y nadie te ayuda. Nadie quiere llamar la atención de los guardianes. La vida se abre paso después del tiroteo y del asesinato de tu hijo.

Miras a tu hija. Ya no grita, sólo tira de tu mano, pidiéndote que os alejéis de allí. Obedeces y ves cómo alguien con rostro occidental se acerca al cadáver de tu hijo, lo fotografía, comprueba que la imagen captada esté bien y se va satisfecho.

Dos meses más tarde estás en el mar, en Grecia, no tienes hipotermia porque el instinto de proteger a tu hija te mantiene caliente. Un hombre y una mujer se acercan a ti, os sacan del agua y os dan alimento. Es el primer gesto de humanidad que vives en años. Te auscultan, pero no entiendes lo que dicen, tú dices gracias y ellos responden. Ellos sí comprenden algunas palabras, la costumbre, piensas, y sonríes porque a partir de ese momento todo se va a volver compasión y amistad. Tienes llagas en los pies y tu hija tirita pero estáis en Europa, hay buenos médicos y buena gente dispuesta a cuidaros. Salís del camión en el que estáis y os meten en una jaula con miles de compatriotas para informaros de que tenéis que volver, la Unión Europea no os acepta. Gritáis, os empujáis, lloráis, tu hija en el suelo por culpa de la inercia desesperada que hace que todos avancéis y alarguéis los brazos, como si aquello bastara para salir de la jaula para seguir huyendo. Consigue levantarse para repetir los gestos de los demás.

Otra vez los esqueletos, el cuerpo de tu hijo pisoteado de nuevo, tu hija confusa, tu hijo comido por las cucarachas y alimañas de la calle, abandonado, las bombas mañaneras de Rusia, los drones estadounidenses bombardeando zonas sospechosas sin aviso, el hambre, el agua mezclada con la sangre de tus hijos y tu marido. Tu hija en la escuela aprendiendo a odiar y a convertirse en asesina.

Imagínatelo y confiesa, di ¿Acaso no pensarías que los europeos serían igual de terroristas y tiranos que el dictador o el Estado Islámico?

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Autor: Ángela Aragón

Lo que más me divierte en la vida es jugar con el lenguaje. Y esto es lo único que hago. Jugar y ver cómo lo hacen otrxs. Ya sea con textos propios o como redactora de marketing de contenidos, siempre vivo entre palabras. Como todxs. El mundo solo es una palabra

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