Los inéditos aúllan

Los inéditos aúllan

Clic

Una palabra es una historia

De poder

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Fanta contrata a una book-tuber

Sonrisa de bolsillo a bolsillo que vende bolsillos

Rotos

Despiadados.

La book-tuber enseña un libro que se fuma un cigarro. Bello.Sexi.Con un sexi de 666.666 likes

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Los inéditos aúllan con un spa o un bazoca en los dedos.

Yo quise ser bazoca y me convertí en yema

Yema tiene dos historias

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Los inéditos aúllan y hacen yoga, y cardiobox, y triatlón.

A veces follan 

Y siempre lo cuentan

En versos de 140 caracteres.

La tradición hay que respetarla.

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Los inéditos aullamos con un límite.

Según los estudios,la concentración dura 500 palabras, pero si no te estiras hasta las 600, el motor de búsqueda te ignora.

Y el aullido se queda en nada

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Los inéditos aúllan sin aire en la garganta.

Chocar con algo, de Erika Martínez:Una mujer con O

Una mujer con O escribe desde un lugar

Poema-reseña de Chocar con algo, de Erika Martínez, editorial Pre-textos

Una mujer con O escribe desde un lugar.

El miedo y el nido

Vacío

Sin cigoto,rebosante de gametos.

Una mujer Con O forja ese hilo que atenaza las sílabas.

A veces,muerde las paredes del hogar.

Hoy la mujer con O se traga la cal y el cemento

Saben a obrero,a hipoteca y a calzón manchado.

Todos subordinados.

La mujer con O se acuesta en el fondo de su biblioteca.

Esta noche el suelo la absorbe.

A ella,a las hojas,a la madera,a la tinta y al mármol.

Solo queda el aire.

Invisible, colmado

Los apegos feroces: Nueva York no es Woody Allen

Una mujer viscosa repta por las aceras. Arrastra una larva. La cría tiene ínfulas de solidez

los apegos feroces angelasaragon

Poema reseña de Apegos feroces,de Vivian Gornik,editado en Sexto Piso

Una mujer viscosa repta por las aceras. Arrastra una larva. La cría tiene ínfulas de solidez. De ingravidez. Volaré, repartiré historias, degollaré a los violadores, a los alcohólicos, a los puteros y a los santos. A los hombres buenos que solo están. Y miran. Todos miran. Todos penetran. Les rebanaré el pescuezo con mis propios dedos, les clavaré la lengua en el centro de los ojos. La mujer viscosa se detiene, cansada. La larva también. Adora su ser blanco, su estirarse más allá de la ciénaga. El deseo es más fuere que la miseria. La mujer viscosa reemprende su arrastre, anhela el rojo del semáforo de la calle 13. Mira a la larva. No la entiende. Degollar a quién. Degollar por qué.
Por fin el rojo. Se observan. Se ven. La una a la otra. No pueden, no tienen fuerza para tanto ojo. Echan la vista atrás para esquivarse. No recuerdan, no pueden. No articulan, ¿de quién esa baba?