Apuntes para Flores de Coltán

Antes de que hirviera la primera persona, solo había niños aburridos

Antes de que hirviera la primera persona, solo había niños aburridos. Niños niños, niños adultos, niños ancianos. Solo quedaba algún superviviente. Los niños mutaban con el tiempo: bello púbico, voz grave, menstruaban, incluso enfermaban de alzhéimer. Quizá la epidemia de cuerpos viejos y alzhéimer fuera el primer caso de justicia poética de la historia. Por primera vez, el cuerpo se correspondía con lo que llevaban dentro: el desprecio por las necesidades ajenas y por el contexto. Porque la memoria es eso: la conciencia de lo otro, el diccionario del tiempo.

Los niños aburridos se distribuían en barrios y zonas residenciales. Todos eran iguales y diferentes. Iguales porque en las zonas residenciales, todo era brillante. Hasta la piel de las criadas relucía de un modo diferente. Pero ese brillo no era inofensivo. Como todos, agrietan los ojos. Por eso, el negro, el cobrizo y el amarillo se veían blancos. Blancos con juguetes de blancos que solo veían y hablaban blanco. Palabras lechosas, ascensores lechosos. Vida lechosa.

Pero los niños aburridos también se aburren de aburrirse y se rebelan. La rebelión comienza con la diversión y la diversión se llama ambición. Quiero más. Más que el blanco y su refulgencia. Quiero otros colores, el beige, el amarillo, ¡el rojo! Sí, el rojo. Quiero el rojo. Dónde está el rojo. Cuatro palabras que solo se responden con otras palabras. El rojo está en los libros. Los que adornan las paredes de las residencias, las que alimentan el vertedero, perdón, la biblioteca. Y algunos niños aburridos de aburrirse se aventuran al vertedero, perdón, biblioteca. Vertederos, bibliotecas hay en todas partes. Ninguna brilla. Su distintivo es su eterna irradiación de luz natural. Allí, los aburridos de aburrirse descubren los colores, sí, pero también el tiempo. El externo: el de ida, el de vuelta, el de apertura. Y el interno: los siglos convertidos en segundos, los segundos transformados en siglos. También descubren la historias y la historia. Los metales y la gente. La gente, ¡La gente! Personas que transitan y construyen el tiempo. Personas que brillan y personas transparentes.

Las personas transparentes también están en los libros. Asesinan y son asesinadas. Las translúcidas son perfectas para morir o dar muerte. Los buscadores de rojo sabían de su existencia. Antes de llegar al vertedero, aparecían en las fauces de sus pesadillas. Todos compartían la misma: dormían en sus camas, tranquilos, hasta que una fuerza invisible comenzaba a estrujarles el cuello. Los estrangulaba, los ahogaba, les arrancaba la voz ¡Mamá, mamá! Gritaban, pero de su garganta solo salía aire, ni rastro del sonido. Algunos, los más inquetos, sentían otra fuerza que los clavaba al colchón. Les impedía podían moverse. Estaban mudos e indefensos bajo la violencia de lo invisible. Algunos, los que se aburrían junto a otros, se despertaban con el calor del aliento de su compañero de lecho. Otros, con la fuerza de su miedo.

En los cuentos del vertedero, los invisibles tenían cuerpo y territorio. Sus ojos, decían, no estaban agrietados. Estaban divididos en dos grupos: los micrópsicos y los macrópsicos. Una condición neurológica evolutiva en los traslúcidos que afectaba a la percepción del tamaño y la distancia: los primeros, aseguraban que todo era pequeño y lejano, los otros juraban lo contrario. Por este motivo, los traslúcidos se peleaban continuamente, pero aquello no aparecía en los libros de la biblioteca. Es lógico. Su presencia en las historias era circunstancial. Una herramienta violenta o la máscara de la inocencia. Sin tiempo, ni hilo conductor. Solo color o máscara.

Por eso, la máscara se convirtió en mito para los aburridos de aburrirse refulgentes. Un destino. La ambición de salvarlos de la violencia o de la ingenuidad. Acariciarlos para cambiarlos de acera: traerlos a la residencia, blanquearlos. Hurgar en su cerebro. Alterar el circuito de sinapsis. Que salten chispas. Que brillen. Que lean. Que rechacen su brutalidad y su fe. Que brillen, que brillen mucho. Que aprendan. Que aprendan a brillar. Y la emoción de verlos al natural, ¿cómo reaccionarán los agujeros de mis ojos?

La mujer 1 brillaba aburrida de aburrirse. Se rebeló. Fue al vertedero. Allí, conoció a otras personas que compartían abulia y pasión por el rojo. Algunas encontraron un pasatiempo en aquellas horas, ella una razón. Una razón para vivir. No era la única. Fueron 12. 12 personas brillantes que comenzaron a vivir con un único deseo: que los invisibles aprendan a brillar. Y así, desordenaron las paredes de algunas residencias, robaron algunos libros de los vertederos, se subieron en un coche y cruzaron la frontera. Una rotonda. La tercera salida a la derecha. Todo recto.

Cuando la mujer 0 y sus compañeros aparecieron en el barrio, muchos niños niños con macropsia murieron de pánico: no veían ojos, sino cuevas profundas e inhóspitas. Otros, se escondieron en los portales. Los brillantes recibieron la explosión de muerte y huida con espanto y placer. Su razón tenían razón. Sobre todo, cuando los de la micropsia surgieron de los cimientos del barrio. Las grietas de la mirada eran imperceptibles. Quisieron tocarles con los dedos afilados de soportar techos, uno asesinó a la que estaba en la vanguardia. Causa de la muerte: curiosidad descontrolada. Las personas de mirada rota corrieron hasta saltar sobre la rotonda. La mujer 0 se quedó, mirándolo todo, también al muerto. Su razón tenía más razón que nunca. Volveré todos los días, me disfrazaré, emplasteceré los ojos. Lo que sea, pero que aprendan, que aprendan a hablar, como nosotros. Como en lo libros.

No. Los transparentes no sabían recibir visitas. O mataban o los mataban, se decía en los barrios. Mejor solos,en los charcos, los cuartos compartidos, en la finura de las paredes, en la ausencia de ellas, en las calles, en el vientre de mi madre, en el silencio de mi padre. En la mujer y en el hombre. En la manufactura. En el desguace. En la ropa heredada. En la herencia. Pero algunos invisibles también estaban aburridos. Los micrópsicos de su fuerza, los marcrópsicos de los detalles. E inventaron. Inventaron una hospitalidad nueva que les permitiera comunicarse con quienes se habían atrevido a pisar sus calles, que no eran de cemento, sino de sangre y carne de todos los muertos. Fósiles.

Ambos grupos recordaron las letras. Las juntaron y encontraron un sistema de escritura que les permitió hablar y acordar una bienvenida para los personas ojos agrietadas. Mientras diseñaban el sistema, las calles se llenaban de la sangre de quienes empezaban a soportar más peso, más huesos, sobre los pies, hombros y cráneo. Las niñas mujeres comenzaron a estirarse y a estrujarse los pechos para amamantar a los niños de la ambición. Mamaban pero no hablaban. Solo les interesaba la bienvenida de las grietas y sus compañeros de deseo. Comunicarse, hablar, poder tocar. Tocar. Ver como los demás ven. Las visitas y los otros niños del barrio. Y cada vez más silencio alrededor, más sangre y leche chorreando. División en los barrios.

La mujer 1 ha llegado y encuentra el paisaje devastado. Los niños que no se aburren de aburrirse escondidos. Los niños aburridos de aburrirse sentados, cada uno en su lugar. Para no hacerse daño, para no matar. Y ella, con los libros en una mano, y un buen sistema de sonido. Para que unos y otros escuchen los versos que desconocidos de ojos agrietados habían escrito. Y poco a poco, la comunión se consolidó. Ya no eran invisibles, eran sus niños y el color, ¡el rojo!, y ella… la mujer 1 era el jardín, el cemento, el asfalto, la biblioteca biblioteca, el coche, limpio, el running, el solarium, las películas, las vacaciones, el sofá.

Pero más allá, mucho más allá de los barrios y las zonas residenciales estaba la tierra. La arcilla y las flores. El adobe. El tejido y las leyendas. Lejos todos de todos. Cerca solo de quienes vivían dentro. Neurológicamente inadaptados: cerebro de campesinos. Ojos de campesino, como los de la mujer 0. En un cortijo de adobe, masca tierra y excreta abono para las flores. Crece con los gusanos y los insectos. El perfume. La mano rugosa de su padre sobre la suya. La del maestro y la alumna en la siembra. La madre cocina, ordeña, lleva las cuentas y mulle el colchón de la mujer 0 con las leyendas que le contó su abuela. Príncipes y princesas. Y con el paso del tiempo… la Mujer 0 siembra con el mismo amor que el padre, suma y resta como la madre, ordeña y sueña con las princesas. Le arde el vientre al pensar en ellas. Se descoyunta en el catre pensando en ellas. Quiere salir del cortijo. De la montaña y conocer a una hembra. Necesita hacer el amor. Follar como las bestias del corral y amar como las flores se adhieren a la tierra, en silencio. No es la única. El viento, el viento despierta a las mujeres de la tierra. No se conforman con la lubricidad del aire acariciando su cuerpo, lamiendo sus labios, colándose por debajo de la ropa. Se vuelven locas de cuerpo de hombres y mujeres buenos. De la justicia implacable, pero justa, siempre justa de las leyendas de la tierra. Y se van. Con sus manos de arcilla y sus ojos intactos y se encuentran con ellos, con las miradas rotas o con las cerebros evolucionado. Sin padres, ni madres.

La mujer 0 tomó la decisión en el aniversario de la muerte de su padre. Huérfana, la tierra sabe a hierro. Sin amante, su madre sabe y huele a sal, es una lágrima en carne viva, pero la mujer 0 es un vientre que arde por un cuerpo.

Aquel día, comenzó a caminar, y a caminar, y caminar, hasta llegar a la rotonda. Y ahí en medio se convirtió siguió siendo cuerpo, pero se abrazó al miedo.

Autor: Ángela Aragón

Lo que más me divierte en la vida es jugar con el lenguaje. Y esto es lo único que hago. Jugar y ver cómo lo hacen otrxs. Ya sea con textos propios o como redactora de marketing de contenidos, siempre vivo entre palabras. Como todxs. El mundo solo es una palabra

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