Flores de coltán: el parque

Las dos mujeres están en el parque. Los niños implosionan a su alrededor. Sentadas en un banco en el margen izquierdo se sujetan las sientes con las palmas de las manos. Hieráticas. Continúan la risa y el correteo en frente. 

Mujer 0: Somos hebras digitales que oscilan en el vórtice de sus ondas LED. 

Cuatro grupos de cinco niños y un adulto se apilan en las esquinas del rectángulo. 

<Adultas>decid patataaaaa

Obedecen. Los adultos los ovillan y los circundan. Buscan una fotografía de 5 dimensiones. 

La Mujer 0 cruza las piernas, apoya el codo sobre el muslo y el mentón sobre el puño. Nuestra memoria es un fotograma velado. Descuartizado

<Adultas>: saludad al papáááááááááá

Obedecen. La coreografía se repite en las cuatro esquinitas. 

Las dos mujeres adosan su espalda al banco, juntan las rodillas. 

<Mujer 0>Estos niños serán más felices que nosotras. <Mujer 1>. Y más sanos. En el el diccionario de la Lengua, “salud” significa “sentirse bien”. 

Hileras infantiles en diagonal. El tobogán está en el centro. Quien llegue antes, decide.

Las miradas de las mujeres se tropiezan y se repelen. Ojos a los pies, manos muertas, hombros caídos. Inspiran y un pentágono de adolescentes se acerca por la derecha. Espiran proteínas. 

<Mujer 0>¿Recuerdas a Jim Morrison y Virginia Woolf? Las pupilas se mantienen en la grava. <Mujer 1>. Sí, y el Sol. El deseo de poseer la conciencia de las cosas, de los vestidos y de la selva.

Meñique sobre meñique, frente con frente. Mujer 0 y <Mujer 1>¿Recuerdas el no matter what? Los cuellos se descuelgan, barbillas en el pecho. Pose. 

<li_adolescente 1> pásame el link de las dominadas, las costillas me atraviesan la piel cuando lo intento. Mira, tengo una infección</li_adolescente1> 

Mujer 0: La curiosidad es una lengua muerta. Mujer 1: Serán más felices que nosotras. 

<li_adolescente 2>: pásame el del dorsal anterior, estoy ciclando el posterior.</li_adolescente2>

 <li_adolescente_3>. A mí se me está pixelando el glúteo. </adolescente_3>

<Mujer 1>Serán más felices y más sanos. <Mujer 0> Sí, sin pollas erectas ni coños mojados. Sin significados. Sin sangre, sin semen. < Mujer 1>Niños con salud.

La Mujer 1 levanta la cabeza y la gira, primero a la izquierda y luego a la derecha. La Mujer 0 insiste en el cuello inerme. La 1 le acaricia el hombro. Las dos regresan al frente. Erguidas. La Mujer 1 señala al tobogán ¿Ves? Se ríen. <Mujer 0> No te empeñes <Mujer 1> Y sanos <Mujer 0> Y hechos de nosotras, de nuestra energía. Atómica, <Mujer 1>Uno como ese, solo te pido uno. Señala con firmeza a uno <Mujer 0> No te empeñes. No podría. La culp  <Mujer 1>Sí, sí, sí, sí <Mujer 0>No puedo. Otra persona, onda expansiva. No puedo. No quiero. 

No quiero que nuestros hijos sean felices.

 

Flores de coltán: Tabú en la adormidería

Cuando tenía quince años, me encantaban las palabras “abulia” y “esperanza” #Floresdecoltán

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Dos hombres con piernas biónicas atraviesan la Adormidería.

Zancadas hacia adelante y hacia atrás. 

<Mujer 1>Cuando tenía quince años, me encantaban las palabras “abulia” y “esperanza

<Mujer 0>Mis preferidas eran “ojalá” y “nada”

<li_camarero> ¿Qué es?</li_camarero>

<Mujer 1> Cebada con tres bites de espuma

<Mujer 0> Infusión de fibra óptica y cuchillas <li_camarero> Listo </li_camarero>

La comanda impresa en la niña de los ojos. Arial. Básico.

Las flores se miran. La Mujer 0 esconde la chincheta que guardaba en la mano. Se tocan.

<Mujer 0>Piernas biónicas, ¿eh? Hoy “bio” significa “automático”, ¿Cómo voy a explicar a los hijos que quieres y tendré por ti cuál era mi oficio? ¿Cómo hablarles del jardín?

<Mujer 1>“oficio” es una palabra en desuso referida a una ocupación habitual. Ocupación habitual. Los hijos que yo quiero y no tendré por ti no conocerán estos conceptos. Nuestros sintagmas están desapareciendo

Nunca se dirán “te quiero”.

Nunca se dirán “te quiero”.

<Mujer 1>Pero tendrán nuestros cuerpos y nuestro aliento. Yo aún respiro malva. Y tú…  conservas el jardín en la lisura de tus pechos, de El camarero coloca la bebida en la mesa.

La Mujer 0 alarga la lengua. El jardín, la tierra, el insecto. El rojo. Cuchillos. Sangre. Garganta. Rojo. Oculta. Traga. Ella respira malva. Tendrán nuestros cuerpos y tu aliento

La Mujer 1 bate la cebada. Intersección, moléculas, inclusión, ficción, la lisura de sus pechos.<Mujer1>Y tus recuerdos, y la flor que guardas en el colchón.

Las mujeres se miran. Se tocan. Te quiero. Me quiere. Te quiero. Me quiere

 

In memoriam…Transparent: la serie de los parias de la tierra

¿el género es un sentimiento? ¿usaremos ese verbo “sentir” porque no tenemos una palabra que exprese lo que significa la realidad trans? ¿no somos todes muy trans? ¿no nos sentimos insatisfeches con quiénes somos o con cómo somos percibides?

Transparent no ha muerto. A Transparent la han matado, pero, como sucede en las mejores agonías, en el último capítulo, una película musical que, reconozcámoslo, a todes nos echó para atrás cuando nos enteramos de su existencia, parece haber encontrado la verdadera esencia de la serie: una llamada a construir la felicidad en el destierro. Este es, a mi juicio, lo que aporta Moura a la familia Pfefferman: la oportunidad de salir de la normatividad y buscarse a sí mismes, con el terremoto que eso supone.

A pesar de la fascinación que siento por Transparent, reconozco que, al principio, me costó entrar en ella. Aunque la trama principal, mi padre y mi ex marido es una mujer trans, atrajo en seguida mi atención, no conseguía empatizar con unos personajes privilegiados socioeconómica que vivían en casoplones y recurrían a la chequera de papá, a Mapa, como llamarían a Moura tras su salida del armario. Quizá fue la, por entonces, Ali quien consiguiera que al tercer intento, me enganchase y más que eso, se convirtiese en una de mis series de referencia. Sin embargo, la frase de Moura “no me estoy vistiendo de mujer, todos estos años me he vestido de hombre”, me resonaba en la cabeza. Tal vez, por eso, le di tantas oportunidades. De alguna manera, todos nos disfrazamos, pensé, de hecho, ahora caigo, Ali aún estaba buscando su disfraz.

Tampoco entendía del todo por qué el judaísmo tenía tanto protagonismo, aunque pronto comenzó a interesarme: es curioso que una familia que podría pasar por laica estuviera tan arraiga a una religión y a una cultura que, al menos yo, tomaba como obsoleta y reaccionaria, como todas las sociedades fuertemente ligadas a una religión. En cualquier caso, encontré un gran placer intelectual al ver ese fenómeno extraño: una manera de vivir, pija, snob, chauvinista, pero con unos vínculos familiares y culturales muy fuertes y contradictorios con las características anteriores.

La serie de Amazon me emocionaba con una cabecera simplemente magistral, me intrigaba con las reacciones locas y desmadradas de les hijes, me enternecía con la soledad de la madre, con la complicidad entre ella y Moura y, ahora sí, me reconocía en la red de apoyo que la comunidad trans había sabido construir (aunque las condiciones materiales de esa red de apoyo, empezando por el Centro de la comunidad, también me dejaban ojiplática: aquí es ciencia ficción). Pero mi relación con Transparent ha sido más de choque intelectual, de un recibir hostias sin saber de dónde venían, que del fanatismo entusiasmado propio de sagas como Juego de Tronos. Ahora me doy cuenta de por qué: tenía tantas preguntas, las tramas me suscitaban tantos interrogantes que no podía salir de la sorpresa.

transparent serie angelasaragon

Transparent Finale me ha llevado a detectar esas preguntas, algunas de las cuales ahora, y siempre, están presentes en el debate interno del feminismo ¿ser trans implica comportarse heteronormativamente? ¿por qué llega una persona a decir “me siento una mujer” o “me siento un hombre”? ¿el género es un sentimiento? ¿usaremos ese verbo “sentir” porque no tenemos una palabra que exprese lo que significa la realidad trans? ¿no somos todes muy trans? ¿no nos sentimos insatisfeches con quiénes somos o con cómo somos percibides? ¿por qué cuando pensamos en nuestra propia transición a quienes queremos ser recurrimos al cuánto y no al qué ni al cómo? ¿no estamos faltes de preguntar por qué?

Tras haber podido poner en pie todos esto, y alguno más, he llegado a la conclusión de que sin saber verbalizar lo que me pasaba con Transparent, esta serie tiene el potencial de cambiar vidas, probablemente por el desconcierto que genera. Porque sí, todes somos trans en uno o varios aspectos de nuestras vidas. Todes andamos buscándonos, construyéndonos y todes nos sentimos fuera del sistema de algún modo. Por eso, es tan importante tener una red de apoyo, personas reales que están ahí para aceptarte como eres, con tus contradicciones contigo misme y con lo que no se espera de ti. La comunidad lgtbi+ sabe mucho de eso. En eso consiste su revolución, nuestra revolución: cada une de nosotres hemos sido y hemos tenido hermanes de acogida, gente que nos ha dado la oportunidad de ser quienes somos, sin juzgarnos y sin juzgar. Y aquí es donde también me empieza a cuadrar la insistencia en el judaísmo privilegiado: si viene del destierro milenario y del genocidio, ¿no debería ser el judaísmo la cultura de  les que perdieron la tierra, de les desterrades, de quienes no significan nada? ¿No debería la comunidad judía ser la red de apoyo de les desahuciades? ¿La libertad fuera del margen?

No puedo esconder mi entusiasmo, como tampoco puedo obviar que hemos llegado a este Transparent Finale se lo debemos al despido fulminante de su protagonista, Jeffrey Tambor, un hombre cishetero acusado de acoso sexual por varias personas de la serie. Dos paradojas. La primera está vinculada a la reivindicación del colectivo trans: si hay un personaje trans, ¿por qué no lo interpreta alguien del colectivo? La segunda, que el actor que encarna la necesidad de emprender esa búsqueda de la verdad íntima a través de una colectividad que te ama y te respeta incluso cuando no te entiende, esté acusado de violentar la libertad sexual, laboral y emocional de sus compañeres. Dos paradojas que fuera de la ficción que ¿vienen a reforzar los valores de la serie? Más preguntas.

Lavadora oxidada

flores de coltan angelasaragon

Una cápsula acristalada. Una lavadora oxidada. Encima, un cubilete azul lleno de agua con lejía. Entre el cristal y el extremo derecho de la máquina de aparentar limpieza, una bolsa de basura a rebosar. Los restos orgánicos alumbran 3 gusanos.

Música.
Pista 1: un hombre busca a una mujer. Ella lo espera en la adormidería: quiere bailar. Él vuelve de vender mapuches en la satrapería. La Mujer 0 se desatornilla la cadera y libera el muelle de la rodilla izquierda. Se contonea y sonríe, mientras separa la ropa interior.
A mi amor le gustan las canciones alegres. Yo quisiera escribir una para ella, pero no me sale ni una fusa. La alegría y mi sintaxis son dos líneas paralelas.

No comparten el centro.
La pista 1 se silencia para dar paso al periodista reborn que presenta el éxito de la última semana. La mujer asombra al hombre con el LED de su mirada: es amor eterno.
Pero la vida es otra cosa: es carne, saliva, lamerle las verdades y tragarme sus mentiras. Por suerte, puedo lavarle las bragas, incluso ahora, cuando la menstruación ha oscurecido el fondillo y debo frotar. La intimidad es sucia.
Pista 3: un amor de verano. La mujer es la sinopsis de su recuerdo, él fabrica coitos a domicilio. Tambores caribeños: tu,tum,tum ka,tu,tum,tum,ka. Un acordeón repta en las transiciones.
Pero a ella le gustan las canciones alegres y a mí… a mí no me salen. Mi mirada es periférica desde antes de crecer. Antes de que me regalaran el segundo beso, ya escondía la verdad en los márgenes.
A ella le gustan las canciones alegres. A mí, lavar su ropa interior. Sucia. Feliz

La Mujer 0 se cuelga las llaves en la sexta vértebra

flores de coltan angelasaragon

La Mujer 0 se cuelga las llaves en la sexta vértebra, abre el bolso, alarga el brazo hasta el hombro. Se clava una chincheta en cada ojo.

Mujer 1: ¿Por qué tienes que hacer eso?

La Mujer 0, con las niñas de aluminio, sonríe para acunarla.

Con sangre en los ojos veo mejor.

Silencio.

Espira malva. Mujer 1: Recuerda lo que me prometiste. Nada de recuerdos a casa, hoy no.

Palomitas y fútbol. Lo sé.

Empuja los globos oculares.

Pie derecho a segunda baldosa y

Y

Y

Yyyyyyy

yyyyy

La satrapería, cilíndrica, abierta. Flamante.

La Mujer 0 sabe que tiene que cruzar el umbral. Duda.

Los sonidos son todavía vagos. Tengo elección. Los ojos, me queman los ojos, tengo que entrar.

 

Gritos. Transacciones. Deflexión. Las chinchetas apuñalan los nervios. REC. Una carretera púrpura se derrama por las mejillas. Escucha.

<li_1 >Tengo dos adolescentes aquí preciosos, el niño y la niña, la parejita mansa</li_1>

<li_2>Me interesan los dos</li_2>

< li_1>1000 proteínas y son tuyos</li_1>

La Mujer 0 registra y se ensaña. Detecta cómo su cerebro se cuelga. Los nervios se enjambran.

REC.

Agita la cabeza.

<h2>Coltán puro. Kit de funcionariado</h2>

H2 grita con la lengua llena de almacenes.

las madres y las abuelas y sus jorobas se agolpan.

Sudan carbón

<li_3>¡¡¡¡Lo quiero!!! <li_3>

La Mujer 0 se abalanza y aparta con la sexta vértebra los cuerpos ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Qué queréis? Sangra, se astilla, la visión es perfecta.

 

Silencio

 

<li_1> te doy mi tiempo</li_1> <li_5> te doy mis sueños</li_5> <li_6> te doy mis deseos</li_6> <li_100> te doy las sienes y la juventud. La mía. La de los míos</li_100>

 

La Mujer 0, muda, quemisbrazoseconviertanenaspasylescercenelacabeza, quemisbrazosseconviertanenaspasylescercenelacabeza,quemilenguaseconviertaenespadaymesaquelosdientes.Quierodesmbrembarme,descuartizarlas.

Puño en los ojos, autovía en el rostro. Se esfuerza por acurrucarse e inspira y espira e inspira y huele a malva.

Mujer 0 solo quiero una lubina, solo     quiero    una lubina     levántate   obedece.

Se saca los ojos, a tientas extirpa las chinchetas de las bolas. Se limpia la cara. Se va

 

Dilata el cuello

 

una lubina y palomitas.

 

Con las bolsas en las costillas retrocede. No encuentro el delete, pero sé mentir.

Un paso más

yy

yy

yy

                                         ¿Lista para cocinar? Mujer 1. Sí, vamos ¿Todo bien? Mujer 0. Todo.

En la cola del paro, mujer 0

flores de coltan angelasaragon

El portal de desempleados está al fondo a la derecha de la Satrapería. La Mujer 0 se acerca al holograma. Un trabajo para asesinar las horas. Los banners se suceden, se yuxtaponen.

Nada.

No hay nada.

Aquí tampoco.

Hasta que… Sección, objetos.

Abre la carpeta con el ápice de la lengua

Puesto: cama elástica. Competencia, 0. Cuando era una niña envidiaba a los que reían con fuerza… Quiero las risas a la espalda.

La Mujer 0 se acerca al sátrapa, para comunicar su decisión.

Silencio.

Espera. Inyéctame la vocación, por favor.

El sátrapa levanta el dedo, gira sobre sus talones, alarga el brazo, aún no domina el movimiento.  No puedo controlar mi esfínter, tampoco la mandíbula. Me cruje. La yema del pulgar del sátrapa empujando el émbolo. Cierra los ojos y respira: ombligo en la médula. La vocación que asesine las horas…

La fosforescencia de las venas traspasa la tela de sus párpados.

El sátrapa juguetea con un balón de fútbol mientras sigue empujando el émbolo. Risas en mi cuerpo. <Sátrapa>A partir de ahora, usted es Higaflexible. Si pulsa el codo, por defecto le aparecerán garras en los pies. Empezarás la semana que viene, aunque no sabrás cuándo. El aviso te aparecerá en el brazo. A partir de entonces, tendrás una hora para llegar. En cuanto te retrases cinco minutos, los dedos comenzarán a gangrenarse, ¿entendido? </Sátrapa>

Silencio.

Se gira para cruzar el túnel de aluminio, blanco. Cubículo sobre cubículo. Alambres, hombres y otros seres humanos se enjambran. La Mujer 0 camina en línea recta. Talón derecho sobre el pie izquierdo.

Las horas fuera de las horas de la cama elástica están más vivas que nunca, ¿cómo fulmino el minutero ahora que tengo otra cuenta atrás dentro de la sangre?

Al principio

El asfalto hierbe y un vagabundo también. El olor a humano emulsionado las separa. A pesar del horror, los ojos persisten en su función.
Las extremidades también.
Se doblan, se yerguen, se atrincheran en el sistema simpático. Las neuronas se desordenan. La sangre de las dos mujeres se dispara. Sus corazones desafían el ritmo natural con un mismo objetivo: que la voz se les descosa de la garganta. ¡AyudAAAAAAAAAAA!

Querrían gritar, pero solo la glotis de la Mujer 1 obedece. Un sonido diáfano y malva se desliza por la cavidad de su boca.

El asfalto sigue hirbiendo y el vagabundo también. Las llamas como olas amenazan las hojas de los antiguos árboles.

Las sinapsis de la 0 resisten. Se ovilla y gira, las vértebras se desatan.

Silencio. ¡AyudAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Las antiguas personas se agolpan con mantas y agua. Las flores retroceden. La Mujer 1 da un paso, la Mujer 0 agrupa las vértebras y gira para llegar a los tobillos de la Mujer desconocida. Jadea cobre.
Frente esquinada en adoquín, globo ocular hacia los dedos de la otra.

Gritos, Gritos, Gritos, Gritos. Y cada grito es un centímetro menos de vagabundo.

Las dos aguantan. Permanecen en estado de acto reflejo. La Mujer 1 contribuye a la frecuencia sonora, la Mujer 0 se mimetiza con el suelo de todos y la pierna de la 1.

Gritos, Gritos, Gritos

Ya solo queda un centímetro y medio de vagabundo. La policía llega, los bomberos despliegan sus mangueras.

AguAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

Y brota el manantial y las antiguas personas respiran aliviadas: plástico, papel, estaño, una nube de malva. El oxígeno es una burbuja de so

sie

go

Nada, no queda nada. Los bomberos aplacan el fuego. No queda nada. Asfalto color asfalto.

Los restos mortales del vagabundo descansan hoy en cualquier sumidero.

La Mujer 0 se reformula y se levanta. Fuego insuflado por la voluntad de su sangre. Engancha sus dedos a los de la Mujer 1.

Apretaría más, pero no quiere que sangre.

Apuntes Flores de Coltán: diario mujer 0

El cielo es una cárcel. Miro arriba y solo veo azul. Y a mi padre retozando en la tierra

El cielo es una cárcel. Miro arriba y solo veo azul. Y a mi padre retozando en la tierra, reconociendo insectos. Cuando era pequeña, me divertía. Mi madre y yo sonreíamos al verlo. Recuerdo aquel juego, el de la primavera. Él era quien anunciaba su llegada, no la del calendario, sino la de verdad. Mientras almorzábamos, mamá miraba las flores y papá se concentraba en masticar. Dedicaba el mismo esfuerzo a deglutir que a preparar un buen injerto. De repente, levantaba la mirada y colocaba el vidrio de sus ojos sobre los míos. Yo ya sabía lo que iba a decir, pero quería escucharlo, siempre quería escucharlo “aquí huele a hormiga”. Mamá y yo sabía sabíamos que tenía razón, siempre la tenía, pero igualmente renegábamos, porque de no hacerlo, nos habríamos quedado sin el único juego con el que disfrutábamos los tres juntos: la caza del hormiguero

Mamá, papá y yo, nos arrodillábamos con la cara pegada a la tierra, buscando agujeros, colocando cebos apetecibles, invocándolas con un cri cri inaudible para un ser humano, pero magnético para la ansiada presa. Podíamos pasar horas gateando por toda la tierra hasta que él, siempre él, encontraba el túnel y a las obreras cavando para construir el hogar perfecto.

Con el paso del tiempo, la búsqueda seguía emocionándome. Pero cuando fui creciendo, el fin del juego empezó a darme pena. Cuando mis padres volvían al trabajo, yo me quedaba con ellas, con las presas, observándolas, y lloraba hasta ahogarlas. Me imaginaba a mí misma en aquel agujero, subiendo y bajando. Acarreando piedras que triplicaran mi tamaño, colocándolas al filo de mi casa, exhausta de tanto cargar, para comenzar otra vez con la comida. Trabajar, trabajar, trabajar, solo para comer. Solo para comer. Mientras la hormiga reina hiciera el amor hasta matar de cansancio a sus amantes. Comer, dormir, follar a dosis programadas y arriba, la tierra. Tan grande que no significaría nada.

Mi madre me recordaba a ellas, a las más pequeñas. Sobre todo ahora, ¿qué pensarían de mi madre si fuera una hormiga? Creo que la reina ordenaría su muerte. Tan diminuta, solo ocuparía espacio. Espacio y tiempo. Retrasaría al resto. Un lastre. Solo tendría una oportunidad si las sonrisas sirvieran. Porque mamá sonríe con todo el cuerpo, incluso con las pestañas. Mi madre, al reír, podía abrigarte en una noche de frío polar. Solo con sus ojos.

Hasta que papá murió y se convirtió en silencio y yo en mi padre. Y el cielo en azul. Y la primavera en calendario. La muerte de papá arrasó toda la vida. Permaneció el trabajo, y los libros heredados, y el viejo vídeo. El mundo exterior entró en imágenes y palabras, para ventilar los pétalos de las flores. Para acelerar la metamorfosis. Las flores hoy ya no son flores. Aquí, en la frontera entre nuestro aparte y el mundo, cada pétalo es un fósil de todo lo que me estoy perdiendo encadenada al silencio de una y la muerte del otro.

Pero la vida más allá del margen es algo más que ausencia. Hay luces, tabaco, más libros, bullicio, carreteras, atascos, oficinas, mujeres, películas, perfume, farolas, carriles asfaltados, hombres, mujeres, cócteles, cines, teatros, pasiones, pasiones, digresiones… La vida más allá del margen es más que azul arriba y marrón abajo.

Quiero saber qué se siente al poner un pie lejos del aparte.

Apuntes para Flores de Coltán

Antes de que hirviera la primera persona, solo había niños aburridos

Antes de que hirviera la primera persona, solo había niños aburridos. Niños niños, niños adultos, niños ancianos. Solo quedaba algún superviviente. Los niños mutaban con el tiempo: bello púbico, voz grave, menstruaban, incluso enfermaban de alzhéimer. Quizá la epidemia de cuerpos viejos y alzhéimer fuera el primer caso de justicia poética de la historia. Por primera vez, el cuerpo se correspondía con lo que llevaban dentro: el desprecio por las necesidades ajenas y por el contexto. Porque la memoria es eso: la conciencia de lo otro, el diccionario del tiempo.

Los niños aburridos se distribuían en barrios y zonas residenciales. Todos eran iguales y diferentes. Iguales porque en las zonas residenciales, todo era brillante. Hasta la piel de las criadas relucía de un modo diferente. Pero ese brillo no era inofensivo. Como todos, agrietan los ojos. Por eso, el negro, el cobrizo y el amarillo se veían blancos. Blancos con juguetes de blancos que solo veían y hablaban blanco. Palabras lechosas, ascensores lechosos. Vida lechosa.

Pero los niños aburridos también se aburren de aburrirse y se rebelan. La rebelión comienza con la diversión y la diversión se llama ambición. Quiero más. Más que el blanco y su refulgencia. Quiero otros colores, el beige, el amarillo, ¡el rojo! Sí, el rojo. Quiero el rojo. Dónde está el rojo. Cuatro palabras que solo se responden con otras palabras. El rojo está en los libros. Los que adornan las paredes de las residencias, las que alimentan el vertedero, perdón, la biblioteca. Y algunos niños aburridos de aburrirse se aventuran al vertedero, perdón, biblioteca. Vertederos, bibliotecas hay en todas partes. Ninguna brilla. Su distintivo es su eterna irradiación de luz natural. Allí, los aburridos de aburrirse descubren los colores, sí, pero también el tiempo. El externo: el de ida, el de vuelta, el de apertura. Y el interno: los siglos convertidos en segundos, los segundos transformados en siglos. También descubren la historias y la historia. Los metales y la gente. La gente, ¡La gente! Personas que transitan y construyen el tiempo. Personas que brillan y personas transparentes.

Las personas transparentes también están en los libros. Asesinan y son asesinadas. Las translúcidas son perfectas para morir o dar muerte. Los buscadores de rojo sabían de su existencia. Antes de llegar al vertedero, aparecían en las fauces de sus pesadillas. Todos compartían la misma: dormían en sus camas, tranquilos, hasta que una fuerza invisible comenzaba a estrujarles el cuello. Los estrangulaba, los ahogaba, les arrancaba la voz ¡Mamá, mamá! Gritaban, pero de su garganta solo salía aire, ni rastro del sonido. Algunos, los más inquetos, sentían otra fuerza que los clavaba al colchón. Les impedía podían moverse. Estaban mudos e indefensos bajo la violencia de lo invisible. Algunos, los que se aburrían junto a otros, se despertaban con el calor del aliento de su compañero de lecho. Otros, con la fuerza de su miedo.

En los cuentos del vertedero, los invisibles tenían cuerpo y territorio. Sus ojos, decían, no estaban agrietados. Estaban divididos en dos grupos: los micrópsicos y los macrópsicos. Una condición neurológica evolutiva en los traslúcidos que afectaba a la percepción del tamaño y la distancia: los primeros, aseguraban que todo era pequeño y lejano, los otros juraban lo contrario. Por este motivo, los traslúcidos se peleaban continuamente, pero aquello no aparecía en los libros de la biblioteca. Es lógico. Su presencia en las historias era circunstancial. Una herramienta violenta o la máscara de la inocencia. Sin tiempo, ni hilo conductor. Solo color o máscara.

Por eso, la máscara se convirtió en mito para los aburridos de aburrirse refulgentes. Un destino. La ambición de salvarlos de la violencia o de la ingenuidad. Acariciarlos para cambiarlos de acera: traerlos a la residencia, blanquearlos. Hurgar en su cerebro. Alterar el circuito de sinapsis. Que salten chispas. Que brillen. Que lean. Que rechacen su brutalidad y su fe. Que brillen, que brillen mucho. Que aprendan. Que aprendan a brillar. Y la emoción de verlos al natural, ¿cómo reaccionarán los agujeros de mis ojos?

La mujer 1 brillaba aburrida de aburrirse. Se rebeló. Fue al vertedero. Allí, conoció a otras personas que compartían abulia y pasión por el rojo. Algunas encontraron un pasatiempo en aquellas horas, ella una razón. Una razón para vivir. No era la única. Fueron 12. 12 personas brillantes que comenzaron a vivir con un único deseo: que los invisibles aprendan a brillar. Y así, desordenaron las paredes de algunas residencias, robaron algunos libros de los vertederos, se subieron en un coche y cruzaron la frontera. Una rotonda. La tercera salida a la derecha. Todo recto.

Cuando la mujer 0 y sus compañeros aparecieron en el barrio, muchos niños niños con macropsia murieron de pánico: no veían ojos, sino cuevas profundas e inhóspitas. Otros, se escondieron en los portales. Los brillantes recibieron la explosión de muerte y huida con espanto y placer. Su razón tenían razón. Sobre todo, cuando los de la micropsia surgieron de los cimientos del barrio. Las grietas de la mirada eran imperceptibles. Quisieron tocarles con los dedos afilados de soportar techos, uno asesinó a la que estaba en la vanguardia. Causa de la muerte: curiosidad descontrolada. Las personas de mirada rota corrieron hasta saltar sobre la rotonda. La mujer 0 se quedó, mirándolo todo, también al muerto. Su razón tenía más razón que nunca. Volveré todos los días, me disfrazaré, emplasteceré los ojos. Lo que sea, pero que aprendan, que aprendan a hablar, como nosotros. Como en lo libros.

No. Los transparentes no sabían recibir visitas. O mataban o los mataban, se decía en los barrios. Mejor solos,en los charcos, los cuartos compartidos, en la finura de las paredes, en la ausencia de ellas, en las calles, en el vientre de mi madre, en el silencio de mi padre. En la mujer y en el hombre. En la manufactura. En el desguace. En la ropa heredada. En la herencia. Pero algunos invisibles también estaban aburridos. Los micrópsicos de su fuerza, los marcrópsicos de los detalles. E inventaron. Inventaron una hospitalidad nueva que les permitiera comunicarse con quienes se habían atrevido a pisar sus calles, que no eran de cemento, sino de sangre y carne de todos los muertos. Fósiles.

Ambos grupos recordaron las letras. Las juntaron y encontraron un sistema de escritura que les permitió hablar y acordar una bienvenida para los personas ojos agrietadas. Mientras diseñaban el sistema, las calles se llenaban de la sangre de quienes empezaban a soportar más peso, más huesos, sobre los pies, hombros y cráneo. Las niñas mujeres comenzaron a estirarse y a estrujarse los pechos para amamantar a los niños de la ambición. Mamaban pero no hablaban. Solo les interesaba la bienvenida de las grietas y sus compañeros de deseo. Comunicarse, hablar, poder tocar. Tocar. Ver como los demás ven. Las visitas y los otros niños del barrio. Y cada vez más silencio alrededor, más sangre y leche chorreando. División en los barrios.

La mujer 1 ha llegado y encuentra el paisaje devastado. Los niños que no se aburren de aburrirse escondidos. Los niños aburridos de aburrirse sentados, cada uno en su lugar. Para no hacerse daño, para no matar. Y ella, con los libros en una mano, y un buen sistema de sonido. Para que unos y otros escuchen los versos que desconocidos de ojos agrietados habían escrito. Y poco a poco, la comunión se consolidó. Ya no eran invisibles, eran sus niños y el color, ¡el rojo!, y ella… la mujer 1 era el jardín, el cemento, el asfalto, la biblioteca biblioteca, el coche, limpio, el running, el solarium, las películas, las vacaciones, el sofá.

Pero más allá, mucho más allá de los barrios y las zonas residenciales estaba la tierra. La arcilla y las flores. El adobe. El tejido y las leyendas. Lejos todos de todos. Cerca solo de quienes vivían dentro. Neurológicamente inadaptados: cerebro de campesinos. Ojos de campesino, como los de la mujer 0. En un cortijo de adobe, masca tierra y excreta abono para las flores. Crece con los gusanos y los insectos. El perfume. La mano rugosa de su padre sobre la suya. La del maestro y la alumna en la siembra. La madre cocina, ordeña, lleva las cuentas y mulle el colchón de la mujer 0 con las leyendas que le contó su abuela. Príncipes y princesas. Y con el paso del tiempo… la Mujer 0 siembra con el mismo amor que el padre, suma y resta como la madre, ordeña y sueña con las princesas. Le arde el vientre al pensar en ellas. Se descoyunta en el catre pensando en ellas. Quiere salir del cortijo. De la montaña y conocer a una hembra. Necesita hacer el amor. Follar como las bestias del corral y amar como las flores se adhieren a la tierra, en silencio. No es la única. El viento, el viento despierta a las mujeres de la tierra. No se conforman con la lubricidad del aire acariciando su cuerpo, lamiendo sus labios, colándose por debajo de la ropa. Se vuelven locas de cuerpo de hombres y mujeres buenos. De la justicia implacable, pero justa, siempre justa de las leyendas de la tierra. Y se van. Con sus manos de arcilla y sus ojos intactos y se encuentran con ellos, con las miradas rotas o con las cerebros evolucionado. Sin padres, ni madres.

La mujer 0 tomó la decisión en el aniversario de la muerte de su padre. Huérfana, la tierra sabe a hierro. Sin amante, su madre sabe y huele a sal, es una lágrima en carne viva, pero la mujer 0 es un vientre que arde por un cuerpo.

Aquel día, comenzó a caminar, y a caminar, y caminar, hasta llegar a la rotonda. Y ahí en medio se convirtió siguió siendo cuerpo, pero se abrazó al miedo.