Apuntes Flores de Coltán: diario mujer 0

El cielo es una cárcel. Miro arriba y solo veo azul. Y a mi padre retozando en la tierra

El cielo es una cárcel. Miro arriba y solo veo azul. Y a mi padre retozando en la tierra, reconociendo insectos. Cuando era pequeña, me divertía. Mi madre y yo sonreíamos al verlo. Recuerdo aquel juego, el de la primavera. Él era quien anunciaba su llegada, no la del calendario, sino la de verdad. Mientras almorzábamos, mamá miraba las flores y papá se concentraba en masticar. Dedicaba el mismo esfuerzo a deglutir que a preparar un buen injerto. De repente, levantaba la mirada y colocaba el vidrio de sus ojos sobre los míos. Yo ya sabía lo que iba a decir, pero quería escucharlo, siempre quería escucharlo “aquí huele a hormiga”. Mamá y yo sabía sabíamos que tenía razón, siempre la tenía, pero igualmente renegábamos, porque de no hacerlo, nos habríamos quedado sin el único juego con el que disfrutábamos los tres juntos: la caza del hormiguero

Mamá, papá y yo, nos arrodillábamos con la cara pegada a la tierra, buscando agujeros, colocando cebos apetecibles, invocándolas con un cri cri inaudible para un ser humano, pero magnético para la ansiada presa. Podíamos pasar horas gateando por toda la tierra hasta que él, siempre él, encontraba el túnel y a las obreras cavando para construir el hogar perfecto.

Con el paso del tiempo, la búsqueda seguía emocionándome. Pero cuando fui creciendo, el fin del juego empezó a darme pena. Cuando mis padres volvían al trabajo, yo me quedaba con ellas, con las presas, observándolas, y lloraba hasta ahogarlas. Me imaginaba a mí misma en aquel agujero, subiendo y bajando. Acarreando piedras que triplicaran mi tamaño, colocándolas al filo de mi casa, exhausta de tanto cargar, para comenzar otra vez con la comida. Trabajar, trabajar, trabajar, solo para comer. Solo para comer. Mientras la hormiga reina hiciera el amor hasta matar de cansancio a sus amantes. Comer, dormir, follar a dosis programadas y arriba, la tierra. Tan grande que no significaría nada.

Mi madre me recordaba a ellas, a las más pequeñas. Sobre todo ahora, ¿qué pensarían de mi madre si fuera una hormiga? Creo que la reina ordenaría su muerte. Tan diminuta, solo ocuparía espacio. Espacio y tiempo. Retrasaría al resto. Un lastre. Solo tendría una oportunidad si las sonrisas sirvieran. Porque mamá sonríe con todo el cuerpo, incluso con las pestañas. Mi madre, al reír, podía abrigarte en una noche de frío polar. Solo con sus ojos.

Hasta que papá murió y se convirtió en silencio y yo en mi padre. Y el cielo en azul. Y la primavera en calendario. La muerte de papá arrasó toda la vida. Permaneció el trabajo, y los libros heredados, y el viejo vídeo. El mundo exterior entró en imágenes y palabras, para ventilar los pétalos de las flores. Para acelerar la metamorfosis. Las flores hoy ya no son flores. Aquí, en la frontera entre nuestro aparte y el mundo, cada pétalo es un fósil de todo lo que me estoy perdiendo encadenada al silencio de una y la muerte del otro.

Pero la vida más allá del margen es algo más que ausencia. Hay luces, tabaco, más libros, bullicio, carreteras, atascos, oficinas, mujeres, películas, perfume, farolas, carriles asfaltados, hombres, mujeres, cócteles, cines, teatros, pasiones, pasiones, digresiones… La vida más allá del margen es más que azul arriba y marrón abajo.

Quiero saber qué se siente al poner un pie lejos del aparte.

Apuntes para Flores de Coltán

Antes de que hirviera la primera persona, solo había niños aburridos

Antes de que hirviera la primera persona, solo había niños aburridos. Niños niños, niños adultos, niños ancianos. Solo quedaba algún superviviente. Los niños mutaban con el tiempo: bello púbico, voz grave, menstruaban, incluso enfermaban de alzhéimer. Quizá la epidemia de cuerpos viejos y alzhéimer fuera el primer caso de justicia poética de la historia. Por primera vez, el cuerpo se correspondía con lo que llevaban dentro: el desprecio por las necesidades ajenas y por el contexto. Porque la memoria es eso: la conciencia de lo otro, el diccionario del tiempo.

Los niños aburridos se distribuían en barrios y zonas residenciales. Todos eran iguales y diferentes. Iguales porque en las zonas residenciales, todo era brillante. Hasta la piel de las criadas relucía de un modo diferente. Pero ese brillo no era inofensivo. Como todos, agrietan los ojos. Por eso, el negro, el cobrizo y el amarillo se veían blancos. Blancos con juguetes de blancos que solo veían y hablaban blanco. Palabras lechosas, ascensores lechosos. Vida lechosa.

Pero los niños aburridos también se aburren de aburrirse y se rebelan. La rebelión comienza con la diversión y la diversión se llama ambición. Quiero más. Más que el blanco y su refulgencia. Quiero otros colores, el beige, el amarillo, ¡el rojo! Sí, el rojo. Quiero el rojo. Dónde está el rojo. Cuatro palabras que solo se responden con otras palabras. El rojo está en los libros. Los que adornan las paredes de las residencias, las que alimentan el vertedero, perdón, la biblioteca. Y algunos niños aburridos de aburrirse se aventuran al vertedero, perdón, biblioteca. Vertederos, bibliotecas hay en todas partes. Ninguna brilla. Su distintivo es su eterna irradiación de luz natural. Allí, los aburridos de aburrirse descubren los colores, sí, pero también el tiempo. El externo: el de ida, el de vuelta, el de apertura. Y el interno: los siglos convertidos en segundos, los segundos transformados en siglos. También descubren la historias y la historia. Los metales y la gente. La gente, ¡La gente! Personas que transitan y construyen el tiempo. Personas que brillan y personas transparentes.

Las personas transparentes también están en los libros. Asesinan y son asesinadas. Las translúcidas son perfectas para morir o dar muerte. Los buscadores de rojo sabían de su existencia. Antes de llegar al vertedero, aparecían en las fauces de sus pesadillas. Todos compartían la misma: dormían en sus camas, tranquilos, hasta que una fuerza invisible comenzaba a estrujarles el cuello. Los estrangulaba, los ahogaba, les arrancaba la voz ¡Mamá, mamá! Gritaban, pero de su garganta solo salía aire, ni rastro del sonido. Algunos, los más inquetos, sentían otra fuerza que los clavaba al colchón. Les impedía podían moverse. Estaban mudos e indefensos bajo la violencia de lo invisible. Algunos, los que se aburrían junto a otros, se despertaban con el calor del aliento de su compañero de lecho. Otros, con la fuerza de su miedo.

En los cuentos del vertedero, los invisibles tenían cuerpo y territorio. Sus ojos, decían, no estaban agrietados. Estaban divididos en dos grupos: los micrópsicos y los macrópsicos. Una condición neurológica evolutiva en los traslúcidos que afectaba a la percepción del tamaño y la distancia: los primeros, aseguraban que todo era pequeño y lejano, los otros juraban lo contrario. Por este motivo, los traslúcidos se peleaban continuamente, pero aquello no aparecía en los libros de la biblioteca. Es lógico. Su presencia en las historias era circunstancial. Una herramienta violenta o la máscara de la inocencia. Sin tiempo, ni hilo conductor. Solo color o máscara.

Por eso, la máscara se convirtió en mito para los aburridos de aburrirse refulgentes. Un destino. La ambición de salvarlos de la violencia o de la ingenuidad. Acariciarlos para cambiarlos de acera: traerlos a la residencia, blanquearlos. Hurgar en su cerebro. Alterar el circuito de sinapsis. Que salten chispas. Que brillen. Que lean. Que rechacen su brutalidad y su fe. Que brillen, que brillen mucho. Que aprendan. Que aprendan a brillar. Y la emoción de verlos al natural, ¿cómo reaccionarán los agujeros de mis ojos?

La mujer 1 brillaba aburrida de aburrirse. Se rebeló. Fue al vertedero. Allí, conoció a otras personas que compartían abulia y pasión por el rojo. Algunas encontraron un pasatiempo en aquellas horas, ella una razón. Una razón para vivir. No era la única. Fueron 12. 12 personas brillantes que comenzaron a vivir con un único deseo: que los invisibles aprendan a brillar. Y así, desordenaron las paredes de algunas residencias, robaron algunos libros de los vertederos, se subieron en un coche y cruzaron la frontera. Una rotonda. La tercera salida a la derecha. Todo recto.

Cuando la mujer 0 y sus compañeros aparecieron en el barrio, muchos niños niños con macropsia murieron de pánico: no veían ojos, sino cuevas profundas e inhóspitas. Otros, se escondieron en los portales. Los brillantes recibieron la explosión de muerte y huida con espanto y placer. Su razón tenían razón. Sobre todo, cuando los de la micropsia surgieron de los cimientos del barrio. Las grietas de la mirada eran imperceptibles. Quisieron tocarles con los dedos afilados de soportar techos, uno asesinó a la que estaba en la vanguardia. Causa de la muerte: curiosidad descontrolada. Las personas de mirada rota corrieron hasta saltar sobre la rotonda. La mujer 0 se quedó, mirándolo todo, también al muerto. Su razón tenía más razón que nunca. Volveré todos los días, me disfrazaré, emplasteceré los ojos. Lo que sea, pero que aprendan, que aprendan a hablar, como nosotros. Como en lo libros.

No. Los transparentes no sabían recibir visitas. O mataban o los mataban, se decía en los barrios. Mejor solos,en los charcos, los cuartos compartidos, en la finura de las paredes, en la ausencia de ellas, en las calles, en el vientre de mi madre, en el silencio de mi padre. En la mujer y en el hombre. En la manufactura. En el desguace. En la ropa heredada. En la herencia. Pero algunos invisibles también estaban aburridos. Los micrópsicos de su fuerza, los marcrópsicos de los detalles. E inventaron. Inventaron una hospitalidad nueva que les permitiera comunicarse con quienes se habían atrevido a pisar sus calles, que no eran de cemento, sino de sangre y carne de todos los muertos. Fósiles.

Ambos grupos recordaron las letras. Las juntaron y encontraron un sistema de escritura que les permitió hablar y acordar una bienvenida para los personas ojos agrietadas. Mientras diseñaban el sistema, las calles se llenaban de la sangre de quienes empezaban a soportar más peso, más huesos, sobre los pies, hombros y cráneo. Las niñas mujeres comenzaron a estirarse y a estrujarse los pechos para amamantar a los niños de la ambición. Mamaban pero no hablaban. Solo les interesaba la bienvenida de las grietas y sus compañeros de deseo. Comunicarse, hablar, poder tocar. Tocar. Ver como los demás ven. Las visitas y los otros niños del barrio. Y cada vez más silencio alrededor, más sangre y leche chorreando. División en los barrios.

La mujer 1 ha llegado y encuentra el paisaje devastado. Los niños que no se aburren de aburrirse escondidos. Los niños aburridos de aburrirse sentados, cada uno en su lugar. Para no hacerse daño, para no matar. Y ella, con los libros en una mano, y un buen sistema de sonido. Para que unos y otros escuchen los versos que desconocidos de ojos agrietados habían escrito. Y poco a poco, la comunión se consolidó. Ya no eran invisibles, eran sus niños y el color, ¡el rojo!, y ella… la mujer 1 era el jardín, el cemento, el asfalto, la biblioteca biblioteca, el coche, limpio, el running, el solarium, las películas, las vacaciones, el sofá.

Pero más allá, mucho más allá de los barrios y las zonas residenciales estaba la tierra. La arcilla y las flores. El adobe. El tejido y las leyendas. Lejos todos de todos. Cerca solo de quienes vivían dentro. Neurológicamente inadaptados: cerebro de campesinos. Ojos de campesino, como los de la mujer 0. En un cortijo de adobe, masca tierra y excreta abono para las flores. Crece con los gusanos y los insectos. El perfume. La mano rugosa de su padre sobre la suya. La del maestro y la alumna en la siembra. La madre cocina, ordeña, lleva las cuentas y mulle el colchón de la mujer 0 con las leyendas que le contó su abuela. Príncipes y princesas. Y con el paso del tiempo… la Mujer 0 siembra con el mismo amor que el padre, suma y resta como la madre, ordeña y sueña con las princesas. Le arde el vientre al pensar en ellas. Se descoyunta en el catre pensando en ellas. Quiere salir del cortijo. De la montaña y conocer a una hembra. Necesita hacer el amor. Follar como las bestias del corral y amar como las flores se adhieren a la tierra, en silencio. No es la única. El viento, el viento despierta a las mujeres de la tierra. No se conforman con la lubricidad del aire acariciando su cuerpo, lamiendo sus labios, colándose por debajo de la ropa. Se vuelven locas de cuerpo de hombres y mujeres buenos. De la justicia implacable, pero justa, siempre justa de las leyendas de la tierra. Y se van. Con sus manos de arcilla y sus ojos intactos y se encuentran con ellos, con las miradas rotas o con las cerebros evolucionado. Sin padres, ni madres.

La mujer 0 tomó la decisión en el aniversario de la muerte de su padre. Huérfana, la tierra sabe a hierro. Sin amante, su madre sabe y huele a sal, es una lágrima en carne viva, pero la mujer 0 es un vientre que arde por un cuerpo.

Aquel día, comenzó a caminar, y a caminar, y caminar, hasta llegar a la rotonda. Y ahí en medio se convirtió siguió siendo cuerpo, pero se abrazó al miedo.

Piel de lobo de Lara Moreno, muerte a la familia patriarcal

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Desde que conocimos a Lara Moreno (1978) con sus primeros cuentos, Casi todas las tijeras, publicados por Quórum en 2004, la escritora sevillana ha crecido de manera notable, como muestran los premios que ha recibido, entre ellos el Cosecha Eñe de 2013, sus incursiones en la poesía y su salto a la novela. Tanto en Por si se va la luz (Lumen 2013) como en Piel de Lobo (Lumen, 2016) reflexiona sobre la incomunicación, pero en esta última se centra en la familia y lo que podríamos llamar las “heridas de género” y el silencio que las acompaña.

Sofía acaba de perder a su padre y su marido. Ni es hija de su padre ni esposa de su esposo. Tiene un hijo de 8 años al que tiene que proteger por encima de todo, incluso de su propia incertidumbre, del miedo ante una situación inédita en su vida. Como decía Cristina Rosenvinge en Nada en la nevera, ahora es “una sola”, pero ni sabe cómo serlo ni tiene tiempo para aprenderlo: la maternidad tiene que ser lo primero, a pesar de ella, “de cada órgano de Sofía cuelga una pesa, una de esas redondas y pulidas de acero que sirven para pescar”.

Para minimizar la vida, decide huir con su hijo a la casa de veraneo familiar. A partir de ese momento, el lector se adentra en un juego de espejos, a través de una narración omnisciente muy peculiar, por su posición en el relato. De hecho, gracias a ella, Moreno logra estructurar un universo de símbolos en torno a la clásica dicotomía esencia y apariencia que no se interrumpirá a lo largo de la narración. La casa, el pueblo, el mar, más allá de convertirse en “el lugar al que volver”, funciona como un alter ego  de la familia de Sofía: “no cambió nada, solamente hizo aquel horror con la parcela, echarle cemento (…) para que no hubiera trabajo que hacer, la comodidad por encima de todo”.

Allí, es donde conocemos a Rita, su hermana menor, su reverso: Sofía “pesa más, le cuesta más moverse”, mientras que la menor es “liviana, volaba, se la llevaba el viento”. Rita quiere ayudar a su hermana, pero sin saber aún hasta qué punto esta ha pedido el control: toma pastillas para dormir, las mezcla con alcohol y descuida al pequeño Leo. Ese encuentro sirve a la ¿protagonista? para pensar en su infancia, sobre todo en su relación con su hermana, en lo que la diferencia de ella. Y para ello, la propia Sofía se convierte en la narradora, de forma que la novela intercala la narración en tercera persona y en primera.

No obstante, a pesar de este desdoblamiento, la novela solo tiene un punto de vista: el de Sofía. El narrador no es testigo de la historia, ni es el clásico omnisciente, hay cosas que no sabe, “tienen los ojos cerrados, quizá han entrado a ciegas en la casa”, quizá sean las tripas de Sofía las que hablan. Sin embargo, poco a poco, y este es el mayor acierto de Moreno, el foco de la historia va girando sin que apenas lo percibamos, y la violencia irrumpe. Sofía es la excavadora necesaria para llegar al centro, a la raíz de las personalidades de estas dos mujeres: su género, su familia, sus silencios.

Poco a poco, el cemento se humedece, se ablanda, para descubrir la mancha, la vergüenza, secreto. El abuso sexual dentro de la familia, a pesar de lo que espera la mirada inocente de las niñas “nos protegerán, nos enseñarán la vida“. El arreglo entre las madres. La revictimización de la víctima “ya lo conté una vez y lo que vino fue peor”, la negación del resto “seguimos viviendo, no pasó nada”; La culpa, “debí haberla cogido (…) y no soltarla nunca”; El rencor “tampoco vendrás a dar lecciones de cómo cuidar a un hijo”;  la esperanza, “dejé la puerta abierta, solo tenías que entrar”.

Leo.

Con este material y con la violencia machista como vórtice, construye el relato de una clase media que se cobija en la apariencia hasta el abandono de sí misma, “Sofía casi nunca toca a su hermana, igual que su hermana casi nunca la toca a ella”. Un querer ser que carcome las relaciones y que define aquella institución: una mentira, una enfermedad que solo la honestidad, la sublimación del dolor puede curar, donde los hombres tienen una función esencial, la brutalidad. Es por ello que se convierte en una novela más que relevante en tiempos del “Me too” y en plena 4º ola feminista.

Pero más allá del tema, su estilo, la poética del lenguaje hiere de tal modo que Piel de lobo sobrevivirá al mercantilismo que succionará los mismos, porque es literatura que hiere,  que sangra poesía, brutal o desesperada, “sus pies son ahora de rana o de salamanquesa, una especie de gelatina viscosa se desprende de entre sus dedos” y una literalidad clarividente “barrios periféricos construidos a base de ladrillos huecos, lo coches aparcados en batería, avenidas anchas”.

De este modo, Lara Moreno interpela a los lectores con una firmeza tan pegajosa que, irremediablemente, cuando miremos hacia adentro y hacia afuera, escucharemos sus voces, su advertencia, ‘la nada es una isla: habla’.

La voz de Natalia Litvinova es poesía

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En una entrevista de 2013, Natalia Litvinova afirmó que la vocación de la poesía es “contracturar lo lineal”. La definición es simplemente perfecta. Tan certera como cuando Rosa Chacel en De mar a mar (Comba, 2015) aseguraba que la literatura “aspira a la verdad”. De hecho, me parece que ambas definiciones son sinónimas entre sí. La verdad y el orden son categorías que entran en conflicto con demasiada frecuencia. Sobre todo cuando se trata de dar sentido.

Tras la publicación de su último libro, Cesta de Trenzas (2018), en la Bella Varsovia, si no antes, habréis conocido su historia. Aquello que siempre se destaca de ella cuando se le presenta. Su origen bielorruso, el traslado de toda su familia a Buenos Aires después del “accidente” de Chernóbil. Su ser encarnación de dos tradiciones tan distantes como la eslava y la latinoamericana. Incluso, su asunción de hablar un idioma extraño

“volver en ruso no es lo mismo que en castellano. Volver en los dos idiomas. Doblemente imposible”. Grieta, 2014, Amargord ediciones

Quizá sea ese el origen primigenio de la poética de Natalia Litvinova. Lo imposible. Y por eso, el tiempo y la Historia en su obra arraigan en una suerte de espacio aterrenal, “invoco el amanecer, pero el tiempo se quiebra, y vuelvo donde nunca estuve. Esta casa que deshabito exhala poemas y rompe mis brazos(Grieta).

Otras veces, da la impresión de que su obra es justo lo contrario: la música de la naturaleza peleando por hacerse palabra y, por ello, no podemos definirla, porque el abedul, el caballo, la abeja, el néctar son. Existen, sin nosotros. Sin necesidad de lo humano, no precisan un lenguaje que sea comprensible para nosotros. Están, se mueven, caen, humedecen, resucitan. Las personas solo atestiguamos o, en la mayoría de los casos, los exterminamos. Como el accidente a su “pueblo de esclavos”.

O tal vez, con ese verso reconcentrado pero infinito, intente desatar el silencio de una estirpe que se cristaliza en el silencio de su abuelo. Antiguo prisionero de guerra, dejó de hablar al volver al hogar. Así fue como se convirtió en un misterio de movimientos pequeños. Natalia Litvinova confiesa su fascinación por él. Lo observaba para descubrir, o para descubrirse “a veces uno es el otro, tan otro que es uno(Grieta).

Esa búsqueda en el otro entra en contradicción con uno de los muchos rituales familiares que desvela en Cesto de trenzas. Tapan los espejos para no enfadar a los muertos. Ella los desafía, de frente, consciente de que “los rituales son huellas para que tu bestia te encuentre y te coma”.

Partiendo de ahí, sería fácil llegar a la conclusión de que su talismán es el lenguaje. No en vano aprendió a hablar español en una biblioteca, con los libros de Lorca. Fue así, con los versos lorquianos, cuando comenzó a romper su silencio hispano. Después, llegó la palabra escrita, que no deja de ser una versión del mismo. Llama la atención que fuera precisamente con el poeta granadino, sobre todo cuando leemos la historia del desafío materno a las convenciones del pueblo, tan similar a La Novia de Bodas de Sangre, que tras cumplir con cada rito, decide marcharse, dejarlo todo, para adentrarse cada día en el bosque y encontrarse con su amante a lomos de un caballo negro. Cada día hasta que se acaban los días, porque “la eternidad es corta(Grieta). No queda otra que escribir para detenerla, “por si el ayer no entra en el futuro del poema”.

Por tanto, y a pesar de ese mutismo bilingüe, prevalece una pulsión insólita de contar la resistencia no solo a la catástrofe sino a la certeza de su inminencia. Su familia, su pueblo, permanecen atados a la tierra y a lo etéreo. De hecho, lo último sostiene a lo primero. Rezar, callar, guardar trenzas o escribir para ser, para existir como la naturaleza, como la abuela: cabeza humana y cuerpo de pájaro (Cesto de trenzas). No importa el cauce, lo esencial es la solidez de un linaje maldito. Hoy respiras o cantas un “que los cumplas feliz” y mañana remiendas la última leucemia. Esa certeza recorre las entrañas de una Natalia Litvinova que afirma en Todo lo ajeno, (Vaso roto, 2013)

“escribir es ir hacia la herida para curarla con veneno”, “mi accidente es interno”.

Es entonces cuando se muestra como una Casandra inversa. No recuerda el futuro. De hecho, “mi voz no parece salir de mi voz (…) lluevo huellas de los que me tocan. Soy polvo” (Todo lo ajeno). Esa voz se esmera en la precisión de la palabra firme pero serena, sin gritos: “a los agresores también les duele. No se ruega ni se pide, el dolor se va y esa voz atragantada podría ser tu don”.

Y sí, su don es ser memoria humana y de la tierra. Es ser voz de lo que no existe. Su don es la Poesía. Su voz es la poesía.

La puta y la ballena

El llamado de la especie
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En la fosa del mar
Todas las mujeres libres
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Abajo
Con las piernas abiertas
Abajo
Abajo
Sin tiempo o con prisa
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Ángeles Mora: la voz de la Poesía de la experiencia también es femenina

Post sobre la poesía de la experiencia y Ángeles Mora, una de las poetas (mujer u hombre) más importante del grupo y de la poesía española contemporánea

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Años 80. El amor por la Moda juvenil llega a todas partes. La búsqueda del placer no tiene límites, como tampoco los tiene su expresión. La diversión como lucha, frente a la grisura de los trajes de domingo y las fiestas de guardar del imperio franquista. La collares colgada en las habitaciones de lxs estudiantes con pollas dibujadas a mano a flor de labio. La estética como ética. El posmodernismo llega Madrid, sobre las cenizas de lxs abogadxs de Atocha. Y de ahí al cielo, a Televisión Española y a las provincias.

Los rojos, su intensidad, su enfado están demodé. Cosas de viejos.

Pero hay una ciudad, muy pequeña, pueblerina, donde los punkies, los flamencos, los estudiantes y los rockeros conviven. Es Granada. Granada putrefacta, sí, pero madre biológica y de acogida de grandes artistas, el refugio de lxs intensxs. Allí, en las aulas y en los bares se encuentra un gran maestro: Juan Carlos Rodríguez, y algunos alumnxs rarxs, muy rarxs, que aún creen en la lucha de clases,-no como fe sino como lugar-, en la poesía como instrumento de construcción de conciencias; en el tabaco, la música y en el whisky.

Querían usar la poesía para hablar con la gente, no a la gente. Estudiaron la tradición, la desmenuzaron y tres de ellos, Luis García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador, firmaron un documento en 1983, el Manifiesto de la Otra sentimentalidad. Los poetas granadinos veían cómo la industrialización y la burguesía había usado “la poesía para reproducirse”.

Partiendo de esta base, el objetivo estaba claro: hablar del yo cotidiano, de lo que le ocurría a la gente normal con un vocabulario propio de ese ámbito, pero tamizado con el lenguaje poético. Los jóvenes se encontraban en la obligación de hacer poesía para la calle, sin renunciar a ninguna de las partes del binomio. Solo así volvería el poema a encontrarse con los lectores. El propósito era ambicioso: participar en el intento de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida

Más tarde, ellos mismos prefirieron nombrarse como poetas de la experiencia, remitiéndose a a obra The poetry of experience, de Robert Langbaum, que apostaba por un concepto más teatral de la creación poética. La obra como espectáculo, donde el sujeto no es un yo que usa el verso para descargar su inquietud íntima, sino que buscaban la creación de un yo distinto, más orientado a lo público que a lo privado. Es aquí donde ingresan en el grupo, -quizá uno de los últimos reales-, autores tan emblemáticos como Benjamín Prado, pero ¿qué pasó con las mujeres? ¿acaso la voz de la experiencia era solo masculina?

No, evidentemente, no. Hay poetas mujeres de la experiencia y muy buenas, tanto como ellos, ¿por qué no son tan conocidas como todos los nombrados hasta ahora aquí? Preguntadle a los machos de la industria editorial y a los medios de comunicación. Yo tengo clara la respuesta.

En cualquier caso, quiero hablaros de una de las más prolijas y más interesantes: Ángeles Mora.

Ángeles Mora: una gran poeta de la experiencia

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Nacida en Rute en 1952, su último libro Ficciones para una autobiografía (Bartleby editores, 2015), nos da una idea de su conexión con la poesía de la experiencia. Solo el título nos remite a esa ficción del yo que nos sirve para identificarnos con un sentimiento o una idea compartidos y para reflexionar sobre los temas que lo construyen. Ese sujeto poético, ese yo, es en puridad, un canal para dialogar con el tiempo, la infancia, la poesía, el capitalismo, los días minúsculos, el género, sin olvidarse de sí misma: “La poesía es una manera de pensar, de aclarar los misterios de mi vida, de la vida“.

Y es en esta afirmación donde está su verdadera originalidad. Ángeles Mora no era como sus compañeros, porque era mujer. Ella, como todas las de su generación, había sido educada para otra cosa, así que después de terminar su carrera como maestra, iniciar su licenciatura en Filología hispánica y tener sus tres hijas encontró en la literatura una herramienta para entender el mundo, pero también de construirse a sí misma. “Cuando escribo, me escriben”.

Ya en 1989 se le concedió el premio Rafael Alberti de Poesía por La Guerra de los treinta años y a este le siguieron muchos más, incluido el Premio Nacional de Poesía en 2016. Sin embargo, a pesar de ser una de las poetas más laureadas, su obra no ha tenido la misma difusión que la de sus compañeros, a pesar de habernos regalado poemas como:

Atravesé aquella ciudad/ buscando un sueño./ En ella viví –extraña–/ y cada cuerpo/ que me crucé en la calle/ era una letra / en mi libro de sombras. (…) Ya sé que estamos solos, / que cada uno/ es un cuaderno/ aparte./ Atravesé aquella ciudad/ queriendo hacerla mía/ –te buscaba–/Tracé en mi corazón/ las rayas de sus calles,/los nombres de sus plazas. Con la caligrafía de un niño/ dibujaba sus árboles, sus fuentes, / en la página blanca, hasta cubrir el vértigo / de los ángulos vacíos de mi diario./ Durante un tiempo, sí,/ atravesé aquella ciudad,/ sin encontrarte, /cruzándome contigo.

Bajo la Alfombra, 2008

Con joyas como esta, hoy es académica electa de la Academia de Buenas Letras de Granada y participa activamente en la vida cultural de la ciudad, dirgiendo proyectos interdisciplinares para impulsar la creación joven.

Como decíamos la voz de la poesía de la experiencia también es femenina, alta, clara y excelente.