Estos días azules

      Antonio Machado salió con su madre de España hacia el exilio. Los dos, madre e hijo, eran mayores y cargaban un millón de cadáveres , que diría tiempo de después Dámaso Alonso. Los dos emprendieron un viaje involuntario, obligado, desde España hasta Francia. Si las razones del viaje eran nefastas, igual de pésimas eran sus condiciones, las condiciones del expulsado, del non grato. No podía formar parte de la nueva España, esa en cuyo progreso tanto se había empeñado, a pesar de aquella monotonía de lluvia tras los cristales. Lo echaban por intentar ser bueno, tal y como escribían cientos de presos y de presas en su última carta.

       Antonio Machado no tiene una última carta, pero sí se esforzó -o no, simplemente le salió así- en un verso: “estos días azules y este sol de la infancia”. Estaba en Colliure, tras las fronteras de España y escribió eso, “estos días azules y este sol de la infacia”. No sabemos cómo seguiría pero parece libre de odio y de rabia, con melancolía…sí, pero libre de inquina y de rencor. A Machado la Guerra no lo derrotó, lo derrotó la pérdida de su amor y de su España, el cansancio, puede ser que la distancia… pero la guerra no corrompió su alma y pudo escribir ese sosegado verso “estos días azules y este sol de la infancia”, creando una imagen de paz, de hogar, cálida y generosa.

Una tarde a la orilla del mar, con la cara hacia el cielo, sola, quizá con algunos niños jugando al lado, y yo mirando a las nubes. Eso es lo que pienso cuando recuerdo el último pensamiento que Antonio Machado consideró digno de ser escrito. Y también pienso que si fueran los últimos días de mi vida y me supiera expulsada de mi propia patria no sería tan benévola con la vida, a mí sí me habría derrotado. Estoy segura que mi última idea habría sido más “en estos días de sangre y este sol que me abrasa…”