Piel de lobo de Lara Moreno, muerte a la familia patriarcal

leoautoras lara moreno angelasaragon

Desde que conocimos a Lara Moreno (1978) con sus primeros cuentos, Casi todas las tijeras, publicados por Quórum en 2004, la escritora sevillana ha crecido de manera notable, como muestran los premios que ha recibido, entre ellos el Cosecha Eñe de 2013, sus incursiones en la poesía y su salto a la novela. Tanto en Por si se va la luz (Lumen 2013) como en Piel de Lobo (Lumen, 2016) reflexiona sobre la incomunicación, pero en esta última se centra en la familia y lo que podríamos llamar las “heridas de género” y el silencio que las acompaña.

Sofía acaba de perder a su padre y su marido. Ni es hija de su padre ni esposa de su esposo. Tiene un hijo de 8 años al que tiene que proteger por encima de todo, incluso de su propia incertidumbre, del miedo ante una situación inédita en su vida. Como decía Cristina Rosenvinge en Nada en la nevera, ahora es “una sola”, pero ni sabe cómo serlo ni tiene tiempo para aprenderlo: la maternidad tiene que ser lo primero, a pesar de ella, “de cada órgano de Sofía cuelga una pesa, una de esas redondas y pulidas de acero que sirven para pescar”.

Para minimizar la vida, decide huir con su hijo a la casa de veraneo familiar. A partir de ese momento, el lector se adentra en un juego de espejos, a través de una narración omnisciente muy peculiar, por su posición en el relato. De hecho, gracias a ella, Moreno logra estructurar un universo de símbolos en torno a la clásica dicotomía esencia y apariencia que no se interrumpirá a lo largo de la narración. La casa, el pueblo, el mar, más allá de convertirse en “el lugar al que volver”, funciona como un alter ego  de la familia de Sofía: “no cambió nada, solamente hizo aquel horror con la parcela, echarle cemento (…) para que no hubiera trabajo que hacer, la comodidad por encima de todo”.

Allí, es donde conocemos a Rita, su hermana menor, su reverso: Sofía “pesa más, le cuesta más moverse”, mientras que la menor es “liviana, volaba, se la llevaba el viento”. Rita quiere ayudar a su hermana, pero sin saber aún hasta qué punto esta ha pedido el control: toma pastillas para dormir, las mezcla con alcohol y descuida al pequeño Leo. Ese encuentro sirve a la ¿protagonista? para pensar en su infancia, sobre todo en su relación con su hermana, en lo que la diferencia de ella. Y para ello, la propia Sofía se convierte en la narradora, de forma que la novela intercala la narración en tercera persona y en primera.

No obstante, a pesar de este desdoblamiento, la novela solo tiene un punto de vista: el de Sofía. El narrador no es testigo de la historia, ni es el clásico omnisciente, hay cosas que no sabe, “tienen los ojos cerrados, quizá han entrado a ciegas en la casa”, quizá sean las tripas de Sofía las que hablan. Sin embargo, poco a poco, y este es el mayor acierto de Moreno, el foco de la historia va girando sin que apenas lo percibamos, y la violencia irrumpe. Sofía es la excavadora necesaria para llegar al centro, a la raíz de las personalidades de estas dos mujeres: su género, su familia, sus silencios.

Poco a poco, el cemento se humedece, se ablanda, para descubrir la mancha, la vergüenza, secreto. El abuso sexual dentro de la familia, a pesar de lo que espera la mirada inocente de las niñas “nos protegerán, nos enseñarán la vida“. El arreglo entre las madres. La revictimización de la víctima “ya lo conté una vez y lo que vino fue peor”, la negación del resto “seguimos viviendo, no pasó nada”; La culpa, “debí haberla cogido (…) y no soltarla nunca”; El rencor “tampoco vendrás a dar lecciones de cómo cuidar a un hijo”;  la esperanza, “dejé la puerta abierta, solo tenías que entrar”.

Leo.

Con este material y con la violencia machista como vórtice, construye el relato de una clase media que se cobija en la apariencia hasta el abandono de sí misma, “Sofía casi nunca toca a su hermana, igual que su hermana casi nunca la toca a ella”. Un querer ser que carcome las relaciones y que define aquella institución: una mentira, una enfermedad que solo la honestidad, la sublimación del dolor puede curar, donde los hombres tienen una función esencial, la brutalidad. Es por ello que se convierte en una novela más que relevante en tiempos del “Me too” y en plena 4º ola feminista.

Pero más allá del tema, su estilo, la poética del lenguaje hiere de tal modo que Piel de lobo sobrevivirá al mercantilismo que succionará los mismos, porque es literatura que hiere,  que sangra poesía, brutal o desesperada, “sus pies son ahora de rana o de salamanquesa, una especie de gelatina viscosa se desprende de entre sus dedos” y una literalidad clarividente “barrios periféricos construidos a base de ladrillos huecos, lo coches aparcados en batería, avenidas anchas”.

De este modo, Lara Moreno interpela a los lectores con una firmeza tan pegajosa que, irremediablemente, cuando miremos hacia adentro y hacia afuera, escucharemos sus voces, su advertencia, ‘la nada es una isla: habla’.

Las amantes de Jelinek descosen a todas las mujeres

Poema-reseña de Las Amantes, novela de la Premio Nobel Elfriede Jelinek. Dos mujeres se visten de todas las mujeres. Briguitte cose, Paula quiere coser

Poema-reseña de Las Amantes, novela de la Premio Nobel Elfriede Jelinek, publicada en el Aleph Editores. 

angelasaragon-jelinek-las-amantes


Dos mujeres se visten de todas las mujeres. Briguitte cose, Paula quiere coser. Las dos buscan que un hombre las preñe. Esa es toda su suerte. Buena. Mala. Poseer. Retener. En una Austria, sin nombre, que, entre montañas, las amamanta, para abandonarlas. A su suerte. Que es la de todas las mujeres. Un bebé y un hombre bueno, que bese y traiga dinero. Que agrande la casa para, ojalá, un niño que pueda follar, preñar, siempre al alza. Haga lo que haga, un hombre siempre es un valor. Pero Briguitte y Paula, como todas las mujeres, están penden de la misma percha: saldo, rebaja, ganga, segunda mano, aunque solo el semen del hombre bueno las haya tocado. Dos mujeres descosen a todas las mujeres. Abandonadas. Casadas.

Abandonadascadasdas. 

Leonora o la mujer yegua

En la la novela, la mujer yegua se come la vida,se araña las sienes,vomita la cordura en medio de la guerra

La mujer yegua se come la vida,se araña las sienes,vomita la cordura en medio de la guerra.La mujer yegua no sabe que sus amigos y amantes un día serán todo un plan de estudios.Pero Elena Poniatowska es demasiado generosa en  ritmo: acelera,acelera, acelera y de tanto acelerar, todos,menos la mujer yegua, quedan reducidos a vestigios