Una noche cualquiera en el hospital

En el hospital aprendí que todos los enfermos creen que van a morir por la noche y que a veces tienen razón. También aprendí que cuando la vida tu familia está en juego, la de los demás te importa sólo en función del efecto que la muerte de otros puede tener en ellos. Para saberlo me bastaron dos minutos: los que tardaron los médicos en acudir a la habitación de al lado para asistir y certificar la muerte de un hombre que, segundos antes, gritaba llamando a su madre. En aquellos dos minutos, la mujer que lo acompañaba tuvo que salir al pasillo para que el médico y las enfermeras pudieran desfibrilar al paciente y aprovechó para avisar a alguien de que faltaba poco. Creo que es mejor que vengas. Mientras tanto, yo despegué la vista del teléfono móvil para comprobar que mi padre estaba dormido, para asegurarme de que no estaba enterándose de lo que estaba ocurriendo a unos dos o tres metros de distancia. Efectivamente, los somníferos y la morfina hacían bien su trabajo: sentí alivio al mismo cuando escuché el chirrido de la línea plana del monitor.

El enfermero ofreció un vaso de tila a la mujer y le preguntó por la compañía de seguros, yo me levanté, cerré la puerta y continué con mi partida de Blocxs.